Ante los Sukhoi y el síndrome territorial

El síndrome territorial venezolano, unido a la psicosis de Maduro sobre de una invasión colombiana es una peligrosa combinación.

En un excelente reportaje de María Isabel Rueda, el embajador de Colombia en Washington, Francisco Santos Calderón, con su conocida franqueza expresó “Nosotros no tenemos misiles antiaéreos; aquí viene un Sukhoi y nos destruye la planta de Reficar, o la planta de Ecopetrol en Barranca, o la base de Palanquero y no tenemos cómo defendernos”. Más o menos los mismos objetivos que tenían las fuerzas armadas venezolanas cuando iban a invadir a Colombia en agosto de 1987.

Desafortunadamente el telón de fondo de las relaciones de Venezuela con Colombia ha sido un absurdo y generalizado síndrome de “despojo territorial” según el cual, nuestro país, valiéndose de su habilidad y astucia, salió siempre ganancioso en la determinación de la frontera común.

Una creencia que, no solamente no es cierta, sino que está envuelta en absurdas fantasías. Desde que el representante colombiano en Madrid durante la preparación del Laudo Arbitral de 1891, don Carlos Holguín, había logrado que el fallo fuera favorable a Colombia, seduciendo a la Regente María Cristina, hasta que en la negociación del tratado de 1941 los negociadores venezolanos y el presidente López Contreras eran incompetentes e ingenuos por haber aceptado la libre navegación de los ríos comunes, sin haber exigido a Colombia una importante compensación territorial.

El único capítulo que en Venezuela no mereció críticas fue el de Los Monjes en 1952. Cuando la dictadura que gobernaba a ese país, con el pretexto de un ejercicio rutinario de un buque de la armada colombiana y aprovechando la debilidad política del gobierno colombiano amenazado por la guerrilla del Llano, los ocupó militarmente.

El general Pérez Jiménez envió a Los Monjes tres corbetas, un batallón de infantería de marina y otras unidades, que desembarcaron entre el 8 y el 15 de septiembre en Los Monjes del Sur, mientras que aviones de la fuerza aérea sobrevolaban los islotes. La operación se denominó “Misión Caimán”, parodiando el famoso porro, en boga en ese entonces “Se va el Caimán …sea va para Barraquilla”.  El gobierno de Colombia guardó silencio y finalmente el 22 de noviembre en una nota oficial, afirmó que no objetaba la soberanía venezolana sobre Los Monjes.

Ahora, ante las acusaciones de Maduro apoyada por uno de sus huéspedes de las FARC, de una supuesta invasión de Colombia, las fuerzas militares deben estar bien equipadas ya que es allá donde “resuelven” que con cualquier modalidad han sido invadidos.

Sin embargo, cuando nuestro país compraba aviones israelíes Kfir, Venezuela replicaba con F-16 de última generación; si adquiría vehículos blindados brasileros “Cascabel”, Venezuela compraba los sofisticados tanques AMX-30; cuando incorporó a su fuerza aérea los “Tucano”, Venezuela amenazó con los “Sukhoi”, los mejores en el mercado y así sucesivamente.

De todas maneras, para contrarrestar un sistema de defensa antiaérea como el que Colombia proyecta adquirir, siempre habrá aviones y cohetes sofisticados que lo neutralicen, que Maduro se apresurará a comprar ya que siempre tendrá plata para eso.

El enfrentamiento armado que Maduro atiza, aún en el supuesto de que Colombia tuviera temporalmente la ventaja, sería un desastre para ambos. A pesar de que al dictador venezolano poco le importaría, ya que ha precipitado al país a una situación similar a la de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los aliados avanzaban hacia Berlín y hombres, mujeres y niños pugnaban en las calles por conseguir un pan mientras que desesperadamente trataban de huir de su patria.

(*) Profesor de la facultad de Relaciones Internacionales de la universidad del Rosario

https://www.semana.com/opinion/articulo/las-consecuencias-de-una-intervencion-militar-en-venezuela-columna-de-julio-londono/586501

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