La paz en tonos grises

Mientras en Colombia continúe floreciendo la cultura de la ilegalidad y la corrupción y la impunidad sean una constante, la paz seguirá siendo una quimera.

Por: José Obdulio Espejo Muñoz
Foto: proyectopuente.com.mx

Los más recientes episodios de la vida nacional justificarían la tradición ya en desuso de consagrar el país al Sagrado Corazón de Jesús. La conversión de Colombia en Estado laico no ha borrado del imaginario nacional este ceremonial propio de una banana republic como la nuestra, donde importa más que un sexagenario congresista se baje los pantalones ante sus compinches para mostrar sus nalgas desteñidas o el error del presidente al rememorar un episodio histórico sobre hechos acaecidos hace dos centurias.

Este cariz macondiano de Colombia hace que hoy vea con mayor pesimismo el andar cansino de la paz inconclusa que nos dejó el gobierno Santos, pues muchos sectores creyeron encontrar en los acuerdos de La Habana el camino del posconflicto −todavía algunos lo creen, claro está− cuando en realidad transitamos la trocha de un posacuerdo.

Y no lo digo sólo por las disidencias de las Farc hoy ‘bacrinizadas’ −algo que era previsible como rezan los manuales de DDR−, tampoco por el secuestro de un suboficial a manos del ELN en Norte de Santander, menos por la muerte violenta de turistas en la Guajira o por el recurrente asesinato de líderes sociales de diferente naturaleza y en disímiles circunstancias. Tales episodios hacen parte de esa realidad que por la fuerza de la costumbre se nos volvió paisaje.

La muerte de alias ‘Guacho’ tras una impecable operación militar, la designación de un mando castrense de corte tropero, los indicios aún no comprobados de una conspiración para asesinar al presidente, los cada vez más abrumadores hechos del escándalo Odebrecht, la libertad de uno de los ideólogos del carrusel de la contratación en Bogotá y hasta el video de un excandidato recibiendo dinero en secreto y a manos llenas, nos vuelven a colocar en el vórtice de esta espiral de violencia y de guerra fratricida que está lejos de hacer parte de nuestro día a día.

El gran problema es que nuestra mirada para asuntos tan serios como la paz y la seguridad no ha dejado de ser policiva en un extremo y populista y demagógica en el otro. Disfruto escuchar ciertos congresistas que están rebobinando viejos discursos de la Guerra Fría y de la doctrina militar de los años sesenta para soportar sus tesis o bien aquellos que parafrasean las consignas del movimiento hippie antiguerra de Vietnam en el mundo por aquella misma década y hoy dicen que acabaran con las Fuerzas Militares si llegan al poder.

Aquí no se trata de la combinación de todas las formas de lucha como aseguran los integrantes de un lado o de burguesías mafiosas como afirman los del otro. Esta guerra −como todas las guerras en la historia de la humanidad−, tiene un trasfondo netamente económico. Una guerra en la que las motivaciones ideológicas cumplen la función de simples distractores.

Tanto el sicario de la oficina de cobro que extorsiona a los transportadores en las comunas de Medellín, como el lugarteniente de la banda criminal que custodia las rutas de narcotráfico en el Pacífico o el capataz en una mina ilegal de coltán en la selvática frontera con Brasil, persiguen el mismo objetivo: enriquecerse a costillas de un Estado débil y permisivo. Es el mismo razonamiento que aplica en su actuar el funcionario público que promueve y recibe coimas o el político que se aprovecha de la investidura que obtuvo a través de maquinarias en su afán de engrosar sus arcas personales. Los Guido Nule del país lo saben.

En esta cultura de la ilegalidad siempre está presente el combustible que alienta a los señores de la guerra en Colombia: el narcotráfico. La corrupción hace las veces de aditivo y la impunidad de acelerante. Nada de esto cambiará si no se aborda la seguridad de manera integral y el país no se compromete con un verdadero movimiento de unidad nacional, pero no de corte politiquero como en los últimos gobiernos de turno. Quizá sólo así sea verdaderamente posible que la paz por fin eche raíces.

 

https://colombia2020.elespectador.com/opinion/la-paz-en-tonos-grises

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