Nuestro deber de memoria

Por: José Obdulio Espejo Muñoz

Es una obligación moral de activos y retirados de las FF. MM.escribir nuestras memorias del conflicto armado y redescubrir a nuestros héroes.

De los más de cuarenta millones de personas que han servido en las fuerzas armadas de los Estados Unidos, menos de 360 de ellos han sido galardonados con la Medalla de Honor, la máxima condecoración militar en esta nación. En la mayoría de los casos, el individuo que la obtiene muere en el curso de la acción por la que se le otorga.

“Valentía e intrepidez con riesgo de la propia vida más allá del llamado del deber, estando en combate contra un enemigo de los Estados Unidos” reza el principal estándar de elegibilidad para que esta presea sea entregada a un soldado estadounidense. El sargento de infantería Clint Romesha hace parte de esa selecta sociedad de héroes de los Estados Unidos que recibieron una Medalla de Honor.

Su padre sirvió en Vietnam y su abuelo paterno en la Segunda Guerra Mundial. Quizá el ADN presente en su sangre lo impulsó a hacer una defensa inverosímil del puesto avanzado de combate Keating (PAC-K), situado al norte de Afganistán al pie de tres montañas que lo circundaban y a 130 kilómetros de Jalalabad, ciudad donde estaba la base más cercana para recibir apoyo aéreo en caso de ataque.

El 3 de octubre de 2009, a las seis de la mañana, 300 talibanes atacaron el PAC Keating desde las posiciones más favorables que les ofrecían los tres cerros. Únicamente 50 soldados estadounidenses conformaban el pie de fuerza en el puesto. El combate fue intenso y se prolongó hasta entrada la noche, cuando al fin llegó el tan ansiado apoyo aéreo.

El balance de este desigual encuentro no puede ser más sorprendente: al menos 200 talibanes muertos en combate y sólo ocho uniformados estadounidenses caídos en acción, entre ellos tres sargentos líderes de pelotón.

El camino para el reconocimiento de la medalla es largo y abrumador, pues debe haber testigos, quienes tienen que escribir muchos informes acerca de por qué una persona la merece y se deben adjuntar hasta las cartas de situación o mapas.

Este escrito no busca honrar la memoria de este soldado extranjero, sino abrir los ojos de la sociedad colombiana, lejana e indolente con el sacrificio de sus soldados y policías, muchos de ellos inmolados en defensa de la vida y honra de sus compatriotas y relegados al inefable olvido.

Doloroso porque en las filas de nuestras Fuerzas Militares y Policía Nacional hay más de un centenar de sargentos Romesha, cuyo legado y sacrificio debe enorgullecernos a todos, pero cuyas historias de vida han sido omitidas y, lo más paradójico, ni siquiera están documentadas y muy poco importan en los bastiones responsables de salvaguardar la memoria histórica institucional.

Colombia y sus Fuerzas Militares se quedaron con los memorables nombres de los próceres de la Independencia, pero se olvidaron de los héroes del hoy. Una sociedad que no renueva aquellos arquetipos que debe seguir y honrar, está condenada a no aprender de su pasado.

Los israelitas lo llaman ethos, voz griega que significa mi “costumbre y conducta” y, a partir de ahí, “conducta, carácter, personalidad”. Por ejemplo, esta nación, en continua guerra con todos sus vecinos, lleva un estricto control de sus caídos en acción y este número es común para cualquier ciudadano, pues se publicita por todos los medios posibles. En mi país, ni siquiera en las filas castrenses sabemos exactamente cuántos hombres y mujeres han fallecido en cumplimiento del deber en estos 60 años de conflicto armado.

Publicitar las historias de vida de nuestros héroes y hacerlas visibles en esta sociedad adormecida, constituye per se una obligación moral de la que no se puede sustraer cada soldado y policía, activo y retirado. Una bofetada a instituciones que como el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) nos están negando sistemáticamente en sus trabajos sobre el conflicto. ¡Y qué decir de los medios de comunicación y los investigadores sociales!

Retomando la historia del sargento Romesha, él, tras recibir una baja honorable del servicio, escribió con la ayuda de sus hermanos de lucha las memorias de aquella épica batalla. Red platoon (El pelotón rojo, en español) es el título de esta catarsis vuelta libro.

“Cómo veteranos en cierta forma nos estamos menospreciado al no compartir nuestras experiencias” dijo Romesha durante la presentación de su libro. “Es muy importante que las personas conozcan estas historias y comprendan por lo que pasaron los soldados. Así saben sus nombres y qué hicieron. Quizá tengan un mejor entendimiento de lo que significa servir a su país”, agregó.

No es un libro que diga “Clint Romashe hizo esto o hizo aquello”, pues es la historia de todos los que salieron con vida del puesto Keating y, de contera, honra la memoria de los que no lo lograron y de sus familias.

Experiencias vívidas y enriquecedoras como esta debemos replicar en Colombia, pues las hay y en gran cantidad. ¡Manos a la obra!

https://lasillavacia.com/silla-llena/red-de-la-paz/historia/nuestro-deber-de-memoria-68801

 

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