Sumapaz: de ‘zona roja’ por el conflicto a ecosistema amenazado por el turismo

 

 

A tres horas y media de Bogotá, saliendo por Usme y pasando por la cárcel La Picota, se llega al Parque Nacional Natural Sumapaz. Con más de 150.000 hectáreas, es el páramo más grande del mundo y se encuentra repartido entre los departamentos de Cundinamarca, Meta y Huila. Colinda con 28 veredas, en las que la gran mayoría de sus habitantes son campesinos. Por décadas, nadie llegaba al páramo porque era considerado una ‘zona roja’ a causa la presencia de las Farc. Ahora la historia es diferente. Sin un peaje de por medio, más de 500 personas llegan todos los fines de semana a la famosa laguna de Chisacá, explica Gilberto Guerreros un campesino de ruana originario de la zona. Es el paseo de olla de los habitantes del sur de Bogotá, “dejan basura, desechos humanos, destruyen los frailejones, andan en motos y en camionetas 4×4”. Por eso, actualmente los pobladores de las veredas denuncian un turismo desmedido que amenaza con destruir el frágil ecosistema. Convencidos del daño que el páramo está sufriendo,  han organizado plantones en los límites con la localidad de Usme, para manifestarse en contra de los visitantes esporádicos a quienes acusan de no tener conciencia ambiental. Los plantones se convocan los fines de semana (que es cuando hay más visitantes), y bloquean la entrada que de Usme lleva al páramo. El acceso queda restringido para cualquier persona, pues no existe otra manera de entrar cuando se viene de Bogotá. Temprano en la mañana, buses pagados por las diferentes organizaciones campesinas recogen a los manifestantes de las 28 veredas para llevarlos a la entrada e impedir el paso de turistas.
Más allá de las entidades oficiales como CAR Cundinamarca y Cormacarena, los campesinos hoy se atribuyen la preservación y el cuidado del páramo desde comienzos del siglo XX. Los líderes de la región cuentan que el Sumapaz los vio nacer y que por eso mismo les pertenece. “Esto debería ser patrimonio de la humanidad“, dice Guerreros cuando habla sobre los millones de frailejones plantados en las montañas. Del lado de Bogotá, la visión es menos mística. Sumapaz representa una de las principales fuentes hídricas de la ciudad. Y para varios citadinos es, además, un espacio propicio para estar en contacto con la naturaleza. Por esta razón, los bloqueos han representado un problema.  Harold Villay, habitante de Usme, organizaba caminatas ecológicas con estudiantes, pero en dos ocasiones se ha encontrado con plantones que no le han permitido continuar con su trabajo. Villay cuenta que para sus caminatas contrataba un almuerzo con los campesinos de la zona y tenía precauciones al recorrer el páramo. A pesar de eso tuvo que dejar de hacer sus recorridos para evitar quedarle mal a sus clientes por cuenta de las manifestaciones.

También cuenta que en sus encuentros con los plantones sintió que había una “amenaza extraña”, ya que los pobladores “no lo decían directamente, pero parecía que querían dinero” de los visitantes esporádicos. Harold no está en total desacuerdo con los plantones porque cree que “es importante que los campesinos se apropien de su territorio”, pero argumenta que hay campesinos “con ideas muy radicales” y que es necesario llegar a puntos medios.

http://pacifista.co/sumapaz-de-zona-roja-por-el-conflicto-a-ecosistema-amenazado-por-el-turismo/

 

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