Tarjetones a la vista

Esperamos votantes libres, Registraduría eficiente y respeto democrático.

Por: Juan Lozano

Llegó la hora. En este momento crucial, Colombia está lista para elegir presidente. A estas alturas y con Mundial arrancando esta semana, ya todas las cartas están jugadas. Más allá de alguna adhesión de última hora, que nada cambiaría en ninguna de las dos campañas, ya se cumplieron todas las etapas de este proceso. He tenido como norma en la vida respetar la libre opinión política de todos los ciudadanos que deciden votar. Aquel que se acerca libremente a las urnas a votar a conciencia, vote por quien vote, o vote en blanco, me merece todo respeto. Subrayo, libremente.

Y eso, insisto, incluye el respeto por quienes deciden votar en blanco. La batalla por lograr respeto, consideración y efecto político para el voto en blanco ha sido larga y compleja. Para no ir más lejos, hace 25 años demandé ante la naciente Corte Constitucional la Ley 84 de 1993, aprobada abusivamente por el Congreso, que, entre otras barbaridades politiqueras, pretendía negar todo significado al voto en blanco. Y gané.

En una importante sentencia, la C-145/94, con ponencia del magistrado Alejandro Martínez, en la que se resolvieron acumuladas varias demandas sobre distintos aspectos de la ley presentadas por ciudadanos tan ilustrados como los doctores Humberto de la Calle, Jaime Orlando Santofimio y Óscar Ortiz, entre otros, dijo la Corte: “Restarle validez al voto en blanco equivale a hacer nugatorio el derecho de expresión política de disentimiento, abstención o inconformidad que también debe tutelar toda democracia. Desconocerle los efectos políticos al voto en blanco comporta un desconocimiento del derecho de quienes optan por esa alternativa de expresión de su opinión política… dicha negación acarrea desconocimiento del núcleo esencial del derecho al voto que la Carta Fundamental garantiza a cada ciudadano…”.

Por eso, independientemente de sus motivaciones o razones, me resulta incomprensible que se agreda desde distintas toldas a dirigentes políticos como Sergio Fajardo o Jorge Robledo porque han decidido votar en blanco. No será mi caso esta vez, pero el voto en blanco es, siempre, un voto poderoso, reflexivo e independiente. Es un voto respetable y para muchos, en atención a su trayectoria y a sus planteamientos frente a ciertas coyunturas, un voto coherente.

Y es que a esta elección se llega con suficiente ilustración. Los votos no son improvisados. Son pensados los votos por Duque, los votos por Petro y los votos en blanco. En efecto, ya hemos oído a todos los candidatos en todos los formatos posibles. Ya los oímos en entrevistas cortas y largas, en debates temáticos, regionales, sectoriales, gremiales. Creo que Colombia rompió el récord de debates en una solo campaña. Fueron más de 30. En ningún otro país, que yo tenga referencia, se hacen más debates que en Colombia. A ningún candidato se le podría acusar de no querer debatir.

Y aun así, si a estas alturas se decide hacer un debate final, desde el canal Red Más nos gustaría participar. Cómo no. Con todos los canales públicos y privados, cadenas radiales y periódicos. Sobre la base de unas reglas de juego cuidadosas de equilibrio y garantías plenas en relación con el formato, tiempos, réplicas y contrarréplicas aceptadas por las campañas y los medios.

La gente, en todo caso, ya tiene los elementos de juicio para decidir su voto, construido a lo largo de meses y semanas. El voto debe ser enteramente libre. Debe ser el producto de una decisión individual sopesada y valorada. Lo que mina el sistema es la abstención. La indiferencia. En esta recta final quedamos en manos de la organización electoral y, particularmente, de la Registraduría y elevamos la voz para insistir en la necesidad de que los organismos de seguridad no permitan ni la más microscópica fisura en los esquemas y procedimientos diseñados para proteger la vida de Iván Duque y Gustavo Petro.

La suerte está echada.

 

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