En ocasiones es necesario recordar la historia para desempolvar la frágil memoria colombiana. “A las 7:45 de la mañana del 12 de mayo de 1998, el general (r) Fernando Landazábal Reyes salió de su apartamento ubicado en el norte de Bogotá. Como era costumbre, se desplazó a pie para llegar a su oficina particular situada a pocas cuadras. Aquel día, vestía un impecable traje azul oscuro, llevaba en su mano el ejemplar infaltable de la edición de El Tiempo. En medio del desprevenido recorrido, un vehículo Sprint de color rojo lo seguía de cerca, en su interior (según relataron testigos) iban tres hombres. Uno de ellos, se apeó y se acercó de frente al general, desenfundó una pistola nueve milímetros y le disparó en cinco ocasiones. Tres impactos le produjeron heridas mortales. La autoría del crimen terminó en un callejón sin salida, algo de lo cual, por respeto a los suyos, no es pertinente comentar.
Así, indefenso, ‘armado’ de un diario, como símbolo de la palabra que siempre defendió, murió sobre una acera fría en una aciaga mañana, en la cual una llovizna tenue vio apagar cobardemente tres soles. El soldado que había resistido a mil batallas, que había enfrentado el fuego inclemente en tierra propia y ajena, había caído por cuenta de enemigos agazapados que (contrarios a su talante) jamás dieron la cara” (Castaño, 2020).
Tomado del artículo “General Fernando Landazábal Reyes: el filósofo guerrero”, publicado en la edición No. 252 de la Revista Fuerzas Armadas, Capitán (r) César Castaño.




