El Colombiano, 6 de octubre de 2014
Casi perdida en el maremagno espectacular de las noticias de la semana se conoció la encuesta de Datexco indicativa de la precaria favorabilidad atribuida a la gestión presidencial y el desgano con que una gran mayoría de los consultados mira el discurrir de las conversaciones de La Habana. El escepticismo sigue siendo tónica preponderante en el estado actual de la opinión.
Tal parece que más de la mitad de la gente encuestada se resiste a creer que los diálogos con las Farc vayan a fructificar y que, en general, el país esté andando por el mejor de los caminos.
¿Ha sido inútil la discutible campaña propagandística de Yo soy capaz y no se nota una fuerte corriente de respaldo al empeño gubernamental de firmar los acuerdos con la guerrilla? ¿Ha seguido faltándole al Presidente el liderazgo y la fuerza de convocatoria necesarios para que la gran mayoría de los ciudadanos se manifieste en favor de la solución negociada? ¿Tanto ha calado el persistente discurso oposicionista que ya cuatro meses después de las elecciones y dos de instalado el nuevo cuatrienio no han tenido variación las proporciones de la política y el pronóstico sobre la gobernabilidad es muy reservado?
¿Aguantaremos otros cuatro años de bloqueo estatal mientras no se module el fastidioso enfrentamiento pugnaz que estimula la discordia entre medio país que celebra la arrogancia oficialista y el otro medio incrédulo y desconfiado? ¿Será posible una aproximación razonable entre Santos y Uribe (como la que ha venido sugiriéndose en estos días) para formalizar un convenio respetuoso y respetable sobre lo fundamental que salvaguarde intereses primordiales de paz y seguridad, economía y política internacional como asuntos prioritarios del Estado y acordar unas reglas de juego y unas garantías de sentido común que faciliten el funcionamiento democrático de los pesos y contrapesos de gobierno y oposición?
El error tremendo, inconcebible, cuyo reconocimiento ayuda a explicar el porqué del pesimismo dictaminado por la encuesta, ha consistido en dejar que al tema esencial de la paz se le haya rebajado con el sello excluyente de la política electoral y personalista, cuando es y debería tratarse como propósito y proyecto nacional trascendente. Está muy bien si se ponen de acuerdo Gobierno y Farc y el arreglo resulta eficaz y equitativo. Pero el gran reto para el Presidente está en que sea capaz de hacer la paz con el país entero, incluido el otro medio que tiene derecho a dudar y poner condiciones dignas y justas. Un líder unitivo e incluyente, si piensa y obra como verdadero estadista y no como jefe de un partido volátil y heterogéneo, debe empezar por decidirse con criterio de servicio al bien común a despolitizar la paz y pacificar la política.




