
Quienes ligeramente afirman que a las Fuerzas Militares poco o nada les importan la protección de los Derechos Humanos en Colombia, desconocen de tajo más de 23 años de trabajo ininterrumpido y el tesón de 268 oficinas con dedicación exclusiva a estos asuntos.
En las sociedades de América Latina o de África, los vocablos fuerzas militares y Derechos Humanos (DD.HH.) están en permanente dialéctica, a tal punto que en muchos sectores académicos, políticos y sociales se considera que ambos son excluyentes y hasta disonantes.
Esta particular mirada -matizada quizá por tendencias ideológicas extremistas- pregona un natural divorcio entre los militares y los ciudadanos y sus derechos, casi que otorgándole a los primeros el rótulo de victimarios, pues, dicen quienes están a favor de esta conjetura, que en su naturaleza está intrínseca la violación de los mismos.
La negación de las condiciones del otro ha llevado casi que a institucionalizar y estereotipar a los militares con esta carga negativa. En este controversial atisbo, los integrantes de las Fuerzas Militares de Colombia no son la excepción a la regla.
Durante décadas, estos sectores contestatarios han pregonado que los militares colombianos son esencialmente violadores de Derechos Humanos si se observa su rol a la luz de la Declaración Universal de 1948 y las normas que el Sistema Interamericano y la Constitución consagran para su protección, promoción y difusión en nuestro país.
Tales presunciones desconocen, verbo y gracia, que en 1994 se aperturó en el comando de las Fuerzas Militares de Colombia la primera oficina de DD.HH. Para la época, nueve personas, entre uniformados y asesores civiles con formación profesional especializada, iniciaron el camino para proyectar su desarrollo en el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea.
Hoy, 23 años después, en las Fuerzas Militares funcionan 268 oficinas de DD.HH., de las que hacen parte un pequeño ejército de oficiales, suboficiales y funcionarios civiles.
En este tiempo, el objetivo de las oficinas no ha variado: intensificar las iniciativas encaminadas a la coordinación interinstitucional para permitir una comunicación adecuada, el seguimiento y el archivo actualizado de casos sobre presuntas violaciones de Derechos Humanos, así como aquellos esfuerzos de capacitación, promoción y protección de los mismos.
El camino
La llegada del general Fernando Tapias Stahelin (q.e.p.d.) al comando de las Fuerzas Militares (1998-2002) supuso uno de los mayores impulsos históricos de los Derechos Humanos en el seno de las instituciones castrenses del país. El alto oficial convenció al entonces presidente Andrés Pastrana Arango y a su ministro de Defensa, Luis Fernando Ramírez Acuña, de la importancia de fortalecer las políticas de Derechos Humanos en las Fuerzas Militares.
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