El pasado domingo 30 de junio en su columna del diario El Tiempo, el exministro de Defensa y exembajador en Estados Unidos, Gabriel Silva, hizo una vehemente defensa del papel de las Fuerzas Militares en el postconflicto, advirtiendo que “es esencial que la paz no traiga como parte de su equipaje el debilitamiento de la Fuerza Pública”.
Según Silva, “una de las inquietudes centrales que ha surgido en todos los procesos de reconciliación, es qué hacer con la Fuerza Pública una vez se llegue a un acuerdo. La solución simplista, señala, –además de ser la tentación natural de la contraparte y de sus pares ideológicos– es desmantelar hasta su mínima expresión a las Fuerzas Armadas”.
Para el articulista, “esa sería una fórmula para el desastre en el caso de nuestro país, como lo ha sido para otras naciones que llegaron a la paz sin pararle demasiadas bolas a ese dilema”.
De acuerdo con el exministro, “el desmantelamiento de las estructuras militares institucionales satisface las aspiraciones ideológicas de unos pocos a costa de la seguridad colectiva. La erupción incontenible de la criminalidad y de la violencia en los países que optaron por ese camino hizo evidente –demasiado tarde– que la paz resuelve muchos problemas, pero no elimina la propensión al mal que, desafortunadamente, caracteriza la naturaleza humana”.
Y agrega: “De hecho, es prácticamente inevitable que una porción de las estructuras del terrorismo transmute en nuevos aparatos de criminalidad. Muchos de los individuos que desde niños fueron a la fuerza sometidos al horror de la vida guerrillera solo poseen una habilidad que es usar las armas y asesinar sin remordimiento. La resocialización de la totalidad de estos muchachos es una ilusión inalcanzable. Por eso, debilitar la capacidad militar y policial como resultado de un proceso de paz no es aconsejable”.
En otro aparte de su columna titulada “el Ejército del Pueblo”, Silva advierte que “en el caso de Colombia, es esencial que la paz no traiga como parte de su equipaje el debilitamiento de la Fuerza Pública. No somos un país pequeño, tenemos fronteras porosas, conflictos internacionales latentes y la guerrilla es solo uno de los muchos desafíos criminales que amenazan a nuestra sociedad”.
Además, recuerda que “el Estado colombiano prácticamente no tiene presencia en una porción muy significativa del territorio nacional. Es gracias a la capacidad de nuestra Fuerza Pública –Ejército, Armada, Fuerza Aérea y Policía– como millones de compatriotas sienten que existen una Nación y una Constitución”.
Por lo mismo, concluye, “la única forma –cuando se logre la paz– de integrar a esa otra Colombia es con quienes han estado allí siempre: las Fuerzas Armadas. Por eso, no se puede caer en la peligrosa trampa de acabar con el Ejército. Debemos transformarlo en un ejército del pueblo, en el instrumento de la democracia, para llegarles a esos millones de colombianos, para quienes la paz tiene que convertirse en una verdadera redención social”.




