Coronel (RA) José Obdulio Espejo Muñoz
Esta expresión, que algunos autores achacan a don Miguel de Cervantes Saavedra, ilustra la sensación que sentí esta semana al asistir a un foro organizado por la misión de las Naciones Unidas en Colombia y la Universidad Nacional por encargo expreso de la mesa de conversaciones en La Habana entre el Gobierno y las Farc.
La imponencia del hotel Crowm Tequendama sirvió de marco para este evento académico –pero con evidentes tintes políticos– en el que nos dimos cita más de ochocientas mujeres y hombres, todas y todos en representación de diferentes sectores y organizaciones sociales del país.
El mandato era claro: debíamos redactar algunas sugerencias y recomendaciones sobre los puntos tres y seis de la agenda de conversaciones, las cuales, previo acopio y relatoría pormenorizada, fueron enviados a las mesas temáticas que sesionan en Cuba. La dinámica del evento incluía la realización de paneles y posterior participación en mesas de trabajo integradas por representantes de los diferentes sectores allí presentes.
Indígenas, campesinos y campesinas, afrodescendientes, sindicalistas, militantes de partidos y movimientos políticos, miembros de la comunidad LGBTI, maestros, obreros, defensores de derechos humanos, defensoras de la inclusión y equidad de género, víctimas y militares y policías de la reserva activa, entre otros más, estábamos en disposición de acometer esta titánica tarea en dos días y medio.
Empezó entonces aquel tropel de ideas, posiciones y pensamientos. El ochenta por ciento de moderadores y panelistas empezaron a repetir como dogma de fe el discurso de ‘Timochenko’ y sus lugartenientes en La Habana, cual patente de corso en el que no había lugar para el disenso.
Todos y todas los representantes de la sociedad civil –a excepción de nosotros los integrantes de la reserva activa de la Fuerza Pública– traían ponencias preparadas, muchas en impresión litográfica y en cuyo contenido se apreciaba, entre sílabas y consonantes, el discurso fariano, cual impronta imborrable de su orden e infraestructura para cumplir el objetivo de la organización, ya no por la vía armada sino a través de lo que los ‘mamertos’ llaman el trabajo organizativo y político de masas.
En contraposición, los integrantes de la Fuerza Pública íbamos sin preparación y sin ideas consensuadas previamente. Observé cómo muchos escondían su identidad para que ninguno de los presentes se percatara que habían sido ‘milicos’, como si sintiesen pena de haber portado el uniforme de fatiga del soldado.
¡Horror! Pero lo que más asusta es el mutismo y la improvisación institucional. Desde que se conoció oficialmente el inicio de las conversaciones –4 de septiembre de 2012, para ser más exactos–, las Fuerzas Militares han hecho muy poco para contener ese maremágnum que se veía venir. Ni activos ni retirados han unido verdaderamente fuerzas para hacer frente a las pretensiones de las Farc y las organizaciones que le son proclives. Todavía nos pueden las envidias y los celos institucionales, a lo que se suma que muchos mantienen las distancias entre grados y jerarquías, propiciando la desunión y la muerte inexorable institucional.




