En 2016, a mediados de junio, durante dos días se reunieron en Florencia, Caquetá: campesinos, víctimas, desmovilizados, estudiantes, docentes e investigadores de las universidades Javeriana, Libre, Pontificia Bolivariana, Militar y la Amazonia; miembros de la oficina del Alto Comisionado para la Paz, la Organización de Estados Iberoamericanos y las Fuerzas Militares, en un foro sobre posconflicto organizado por la Fuerza de Tarea Conjunta Omega.
Al final del evento, tomó la palabra un mayor general del Ejército comprometido con su misión y la construcción de paz territorial. Durante su intervención, hizo énfasis en el valor de la apertura al diálogo, la riqueza del debate y el respeto por la diferencia. Este encuentro, afirmaba el general, pretendía contribuir en el diseño de políticas públicas locales, regionales y nacionales, con el ánimo de trabajar por una sociedad próspera y en paz.
El general fue el gestor de ese espacio académico, igualmente venía adelantando un juicioso trabajo en los territorios sobre construcción de paz, desarrollo y posconflicto. Pero además había algo interesante en él, pues era el comandante de la Fuerza de Tarea Omega.
Vale decir, que la Omega fue creada en diciembre de 2003 con una misión puntual: neutralizar la evolución del plan estratégico de las Farc en los departamentos del Meta, Guaviare y Caquetá, región considerada como la retaguardia estratégica de la otrora organización insurgente. Gracias al esfuerzo de soldados, pilotos, marinos e infantes, muchos de los cuales perdieron la vida o se vieron afectados en su integridad, se propinaron duros golpes que precipitaron la derrota militar del aparato armado hasta llevarle a una mesa de conversaciones.
Al poco tiempo de finalizado el foro, se publicó el libro Posconflicto: una oportunidad para el desarrollo. En él, académicos y oficiales del Ejército, desarrollaron en profundidad los temas que habían sido tratados, entre ellos: Víctimas, memoria histórica, gobernanza, desarrollo, narcotráfico, tierras y seguridad humana.
En el prólogo del libro, el general, comandante de la Omega, escribió algo que era absolutamente coherente con su responsabilidad militar, pero también con los proyectos que adelantaba con las comunidades en los territorios, sumado al deseo por contribuir a los esfuerzos de paz: “(…) sanar las heridas de la guerra, no simplemente es cicatrizarlas y dejar que el tiempo haga del olvido una nueva oportunidad. Sanar es reflexionar, aprender de los errores y a partir de ellos, proponer nuevas ideas que construyan una sociedad con mejores condiciones de vida. (…) Las Fuerzas Militares propenden por la garantía, respeto, promoción y difusión de los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario; así como la no repetición de acciones que vulneren los derechos fundamentales de la población”.
Esto piensa ese general a quien conozco de tiempo atrás. Su nombre, Nicacio Martínez Espinel comandante del Ejército Nacional.
Ex asesor Alto Comisionado para la Paz




