La nieta de un ex presidente del tristemente célebre Frente Nacional lidera un proceso de hegemonía cultural para reescribir nuestra historia y re fundar el Estado según su cosmovisión. ¿A quién le estará haciendo el juego?
Por: José Obdulio Espejo M
Alguna vez, el poeta palestino Mourid Barghouti dijo que si se pretende despojar a un pueblo de su dignidad, la mejor forma de hacerlo es contar su historia y comenzar con la expresión «y en segundo lugar».
Ese es el método que ha venido empleando el chavismo en Venezuela bajo el sofisma ideológico y político del llamado socialismo del siglo 21. Durante cuatro lustros se ha reescrito la historia del «Bravo Pueblo» −desdibujando perversamente la imagen y el ideario del Libertador−, acomodándola para favorecer los intereses del grupo que ahora hace parte del statu quo. Lo hizo el nazismo durante el Tercer Reich y lo hacen otros regímenes totalitarios como el de Pyongyang.
Así lo platea Gramsci a través de la teoría de la contrahegemonía, según la cual, sectores que quieren hacerse al poder moldean la dimensión ideológica a través de procesos culturales que, a su vez, inciden en los demás órdenes de este. De esta forma, su cosmovisión −creencias, moral, explicaciones, percepciones, instituciones, valores y hasta costumbres− se convierten en la norma cultural aceptada y la ideología dominante, válida y universal.
Un episodio de esta naturaleza tuvo lugar durante la reciente edición de la Filbo 2019. Para el ciudadano de a pie −cuya expectativa, diría yo, es el ocio, el esparcimiento y vitrinear en este tipo de escenarios que congregan masas− el hecho pasó desapercibido. No sucede igual con el ojo crítico y bien entrenado, por lo que pude percatarme de esta anomalía durante mi visita al recinto ferial.
Entonces me puse a la tarea de desenredar la madeja. Toda vez que este año Colombia era el país invitado, por cuanto se conmemora el bicentenario de nuestra independencia, las directivas de Corferias y de la Cámara Colombiana del Libro dispusieron del pabellón cuatro (3.036 metros cuadrados de exhibición) para que los visitantes recibieran contenidos relacionados con esta efeméride.
La delicada misión fue asumida por la presidencia de la República y el ministerio de Cultura. Para dirigir el proyecto se nombró a la historiadora y museóloga Cristina Lleras Figueroa −sí, como lo lee, la nieta del expresidente Carlos Lleras Restrepo−. Ella, como viene siendo su costumbre, impuso contra viento y marea un guion museológico según su cosmovisión de Colombia: 200 años de historia republicana en el que el Estado ha servido exclusivamente a las elites dominantes y está en contra de las mayorías sociales, mayorías que ella define como «pobres y gentes del común».
Los guías presentaban a Colombia como un país utópico e inviable, soportado en un Estado fallido, cuyos problemas devienen de su propia génesis y de los padres fundadores. Por tal motivo, las coyunturas del pasado y del presente justifican el alzamiento permanente y generalizado por parte de los distintos sectores que componen nuestra sociedad.
A mi parecer, nada más temerario y peligroso que un burgués que abraza ideologías alternativas −por suavizar su verdadero nombre−. Fácil desayunar huevos benedictinos y almorzar crepas, vestir ropa de marca y codearse con la crema y nata de la sociedad, y luego pregonar soterradamente la lucha de clases e invitar al alzamiento de los «pobres y gentes del común». Cristina Lleras está en todo su derecho de pensar como quiera, pero que no crea que todos los ciudadanos de Colombia comemos entero y tenemos tres dedos de frente, como se dice en el argot popular.
Estoy casi seguro de que sus doctorados en las universidades de Leicester, Inglaterra, y Georgetown, Estados Unidos, y sus maestrías en Colombia, no fueron precisamente financiadas con préstamos del Icetex, como también estoy seguro de que los puestos públicos que ha ocupado los obtuvo por meritocracia a través de concursos de la Comisión Nacional del Servicio Civil.
En su conferencia El peligro de la historia única, la escritora nigeriana Chimamanda Ngoze Adichide asegura que las historias se definen por el principio de poder. «Cómo se cuentan, quién las cuenta, cuándo se cuentan, cuántas historias son contadas; en verdad dependen del poder”, dijo. “El poder no es sólo la capacidad de contar la historia del otro, sino de hacer que esa sea la historia definitiva», apuntó.
Considero que Cristina Lleras Figueroa se ha valido de sus posiciones de poder a fin de imponernos su ideario y, de paso, posicionar su agenda político-ideológica. Verbigracia, con la anuencia de Gonzalo Sánchez, el saliente director del Centro Nacional de Memoria Histórica, ella fue decisiva en la confección del guion museológico del Museo Nacional de la Memoria que se construirá en Bogotá. ¡No quiero siquiera imaginar el contenido de su amañada narrativa!
En su muy respetable y personal proceso de ‘desclasamiento’ −vocablo técnico que estilan los sociólogos para definir a aquellos individuos que reniegan de su estirpe− la nieta del expresidente Lleras pretende que los colombianos compartamos su particular mirada a fuerza de la imposición.
Quizás este tipo de posturas les queden bien a personajes históricos como Francisco de Asís y Camilo Torres, por citar dos ejemplos, quienes sí pasaron del verbo a la acción, pero no a todos los ‘desclasados’ y menos a los “hijos de familias de tradición y liderazgo que no han querido seguir los pasos de sus ancestros” como en abril de 2004 definió la revista Jet-Set a esta nieta de uno de los presidentes del Frente Nacional.
En este punto de la columna me preguntó dónde están los funcionarios del alto gobierno que deben fungir como veedores de proyectos como el que Lleras Figueroa puso en escena en la Filbo. ¡Presidente Duque: con platas del Estado, a través de organismos del Estado y en sus narices, se están socavando las bases de nuestra sociedad!
También me preguntó qué están haciendo la Academia Colombiana de Historia y la Academia Colombiana de Historia Militar para contrarrestar estas miradas perversas de nuestra génesis y evolución como nación.
Lo he escrito y lo vuelvo a escribir. El campo de batalla de la memoria está más activo que nunca. Bajar la guardia no es la opción más adecuada. Es aquí donde es preciso que la institucionalidad cierre filas en torno a una causa común: blindar nuestra joven e imperfecta democracia, pero al fin y al cabo, nuestra.
https://lasillavacia.com/silla-llena/red-de-la-paz/mentiras-verdaderas-71037





Un comentario
Excelente escrito. Excelente correo. Felicitaciones.