¡La verdad se defiende sola!

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Por: CO(RA) Luis Enrique La Rotta

Presidente del Colegio de Coroneles de la Policía

Las fuerzas armadas son la reserva moral del país y, por tanto, no son deliberantes. Su autoridad debe estar incólume sobre un pedestal de respeto y acatamiento por parte de la comunidad. Por otra parte, su postura frente al gobierno debe ser más que clara. Los altos mandos deben ser pacientes, prudentes e ingeniosos. No se deben permitir verse involucrados en juegos de poder partidistas o mediáticos que los desvíen de su función y misión. Deben mantener la postura neutral y apolítica que les demanda la sociedad, como garantía de la autoridad que representan. No deben ser víctimas de la violencia jurídica y mediática con el que en algunas ocasiones son atacados. La sociedad líquida (Bahuman), los nuevos roles del periodismo, las tecnologías de comunicación o las redes sociales, que fluyen en la dinámica social, no pueden permear ni transformar la misión constitucional, la autoridad, la moral y la disciplina de las fuerzas armadas. El nuevo modelo de sociedad conduce a un mundo ansioso de novedades, a la incredulidad y al irrespeto. En el mundo líquido, la potestad de su fuerza pública es lo único que debe permanecer garante. Mediante las nuevas formas de comunicación, los poderes antidemocráticos y el poder de las masas permean el acatamiento, la obediencia, el respeto y el talante de sus autoridades. El desacato tiende a vulnerar la dignidad de la seguridad pública, que debería mantenerse incólume. Sutilmente se ha tratado de desentonar la disciplina castrense en sus filas y alimentar la desconfianza por parte de la comunidad. La prudencia y la ética en las comunicaciones le da a los altos mandos cordura, fortaleza y valor para ser “asertivos sin ser presumidos”. Los comandantes de la fuerza pública o de la policía deben mantener una conducta especial, digna de la misionalidad e institucionalidad que representan.

Aceptar la crítica es señal de madurez y comprensión. Los procesos estratégicos son susceptibles de alcanzar su propósito si se adelantan con cautela y discreción. El hecho de difundir o relatar los resultados de una gestión no siempre son sinónimos de autoridad, porque generalmente tratar de dar explicaciones da la sensación de querer ocultar o justificar algo. Declarar produce escándalos: “Entre más se aclara, más se oscurece”. El autoelogio alimenta sólo el ego y resalta algunas virtudes personales, nocivas al espíritu de cuerpo. Los mandos necesitan pensar con claridad sin lastimarse. Además, deliberar afecta la credibilidad, que nace de la misión constitucional y no de la política, que vive de los desequilibrios originados en la precariedad. Se debe evitar la discusión porque genera división. La mística y la moral de los cuerpos armados se elevan es con los resultados y el deber cumplido. Las declaraciones “alborotan” cuando pretenden dar sentido a los actos. Comunicar es un deber, pero cuando se hace sin rigor ni disciplina es un boomerang que debilita de la credibilidad. La vulnerabilidad, ni los apegos se muestran al enemigo. Por su naturaleza emocional y espiritual, los seres humanos tienden al mito, la fantasía, los apegos y las emociones, sentimientos que alimentan afectos y desafectos, simpatías y antipatías. Sólo que cuando se reflejan en las declaraciones, éstas pierden credibilidad. Así mismo, el talante castrense exige serenidad y prudencia. De ahí que la polémica genere divisiones internas. Querer ser popular es declararse ineficiente. Los indicadores positivos levantan la moral, porque los resultados del trabajo son la mejor divulgación ante la opinión. La misión del Ejército no es confrontar enemigos soterrados. Los terroristas y contradictores piensan como actores de teatro, no con la lógica militar. La seguridad pública no garantiza la total protección, ni superar los desafíos legales e ilegales. Los retos a las autoridades no le permiten causar daño, sino sufrirlo.

Los objetivos, como las estrategias, pueden cambiar. La información que se da a través de las redes sociales tiene poder de convocatoria y ascendencia sobre las comunidades y también a la tropa; no obstante, a través de ellas la subversión busca recuperar el apoyo de una base popular y centrar su estrategia en atacar centros representativos de poder. Cualquier intervención de un alto mando se convierte en una presentación de alto impacto, objeto posible de censura.

“… están tan ansiosas de beneficiarse de lo que tienen ante sus ojos, que no advierten el peligro a sus espaldas”. Aforismo METIS

 

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