Históricamente Cuba ha auspiciado el terrorismo criollo, por lo que la carta del embajador cubano en Colombia dice más entre líneas de lo que muchos piensan o suponen.
Por: José Obdulio Espejo Muñoz
La novela diplomática de Colombia y Cuba me retrotrae a las mejores escenas de la película de culto «Goodfellas» («Buenos muchachos», en español), de Martin Scorsese. La traición es pan de cada día en este universo de gánsteres, como lo es en la relación histórica entre los dos países.
Desde el ascenso al poder de la dinastía Castro en 1959, el gobierno de la isla extendió una membresía vitalicia para albergar a los integrantes de cuanta organización armada ilegal nació y nace en nuestro país. De hecho, el ELN ha poseído prácticamente una sala VIP en La Habana para la comodidad de sus cabecillas.
Basta recordar que la irrupción del ELN en Colombia contó con el auspicio de Fidel en pleno clímax de la llamada Guerra Fría. La historia da cuenta del viaje a la isla de dieciocho estudiantes de la recién conformada Brigada Pro Liberación José Antonio Galán en 1963, becados por el régimen de La Habana, que eran liderados por los hermanos Fabio y Manuel Vásquez Castaño. El resto de este cuento de horror lo conocemos bien los colombianos.
Los miembros de otras organizaciones insurgentes y terroristas de extrema izquierda de Colombia, también han encontrado refugio con el régimen castrista. En abril de 1980, verbo y gracia, el comando del M-19 que asaltó la sede de la embajada de República Dominicana en Bogotá y tomó como rehenes a varios embajadores acreditados en el país, fue recibido con honores en Cuba después de 52 días de negociaciones y 61 de haberse iniciado la toma.
Igualmente, el romance del régimen cubano con el secretariado de las Farc es conocido de autos, por lo que no me detendré a detallarlo. Finalmente fue allí donde se redactó el imperfecto Acuerdo de Paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y el máximo cabecilla de esta organización, Rodrigo Londoño o ‘Timochenko’.
Después de este escueto y resumido contexto de la tensa relación colombocubana, mediada principalmente por las guerrillas colombianas y su paso por la isla de los Castro, resulta prudente preguntarse: ¿cuál es la verdadera intención del embajador de Cuba en Bogotá al entregar a la Cancillería una carta en la que advierte de un «ataque militar» en nuestro país del llamado Frente de Guerra Oriental del ELN?
Múltiples son las lecturas que se pueden hacer de este episodio. De ser cierto el contenido de la misiva, la fuente de esta información bien podría provenir de la comisión negociadora del ELN con asiento en La Habana o de agentes de inteligencia del G2 cubano, que se pasean libremente entre Colombia y Venezuela. Ambas posibilidades revisten la mayor gravedad posible.
En el supuesto de que los cabecillas elenos radicados en la isla sean la fuente de tal información, estaríamos frente a una mascarada ideada para hacerle creer al gobierno colombiano que el grupo presenta grietas en su estructura de comando y control, y que Cuba y sus huéspedes del ELN tienen la mejor voluntad posible. La idea: aliviar la presión diplomática de Colombia que exige la inmediata extradición de la cúpula negociadora y de paso, reactivar el diálogo roto con un gesto de buena voluntad.
Por otra parte, de confirmarse que agentes de inteligencia cubana hacen presencia en el suelo patrio -situación que han venido denunciando expertos en defensa y seguridad nacionales de derecha-, las fuertes tensiones entre el gobierno de Iván Duque y La Habana llegarían a un punto de inflexión. La ruptura diplomática sería la única salida posible. Además, esta hipotética presencia dejaría muy mal parada a la inteligencia colombiana desde donde se le mire, partiendo de la misma Dirección Nacional de Inteligencia, predecesora del extinto DAS.
Ahora bien, si la cúpula del ELN que está en La Habana no tiene «ningún involucramiento en las decisiones militares u operacionales de la organización”, como se afirma, ¿qué hacía el gobierno de Colombia negociando con unos convidados de piedra? La muerte súbita de cualesquier proceso negociador con Pablo Beltrán y sus compinches, sería la conclusión más obvia.
Al final del día, los buenos muchachos del ELN en Cuba y en Colombia y sus camaradas de la isla nunca han tenido ni tendrán buenas intenciones en nuestro país. Entonces, ¿hasta cuándo tendremos que soportar la ingenuidad y la pasividad de nuestros gobiernos frente a esta situación de facto? Bien lo dijo el biógrafo, novelista y ensayista francés, André Maurois: “Para la diplomacia una cuestión aplazada ya está resuelta”.
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