Buenos días, me presento: soy el Sargento Mayor (ra) JOHN EMYLY NARVÁEZ. Quiero expresar mi apreciación en referencia a los diferentes comentarios y audios que escucho con frecuencia en algunos foros. Los acepto, porque me anima el sentir democrático, pero no los comparto porque la “injusticia” de la que dicen ser víctimas, es la misma que aplican –como crueles verdugos– en sacrificio de la verdad, de la verdadera filosofía de un Ejército fuerte, infranqueable, no por nada bicentenario.
Reconocer y ubicar a la oficialidad de las FFMM como el enemigo común de las “bases” (denominada así la suboficialidad y la tropa), es un exabrupto que nos coloca como los grandes mentores de aquel concepto manido del marxismo que promueve la lucha de clases, la conciencia social, la conciencia de clase y el popular odio de clases –quién creyera a los militares utilizando esta terminología–, para socavar las sociedades y no permitirles alcanzar el progreso, so pretexto de “que los oprimidos son el motor con el que los opresores llenan sus arcas”.
Si bien, el día que decidimos “ponernos las botas” conocimos que la estructura piramidal y jerarquizada de la milicia, colocaba siempre unas personas por encima de otras, ya por Fuerza (Ejército, Armada, Fuerza Aérea, Policía), por su condición (oficial, suboficial, soldado), por su grado (general, coronel, sargento mayor, cabo tercero, etc.), por su arma (infantería, caballería, etc.), por su antigüedad o puesto en el curso, hasta por las regiones de las que provenían… mal haríamos hoy, después de tantos años de ser parte de este entorno, criticar, juzgar y condenar lo que se constituye en el principio fundamental de toda organización militar, incluso como modelo adaptado a la cultura empresarial y hasta política; en la que habrá quienes planean y piensan la estrategia; en la que existirán quienes tienen la responsabilidad sobre sus hombros de hacerlas cumplir con una táctica acorde y oportuna; así como tendrán participación los que supervigilarán y supervisarán que en la práctica, alguien ejecute exitosamente lo que se planeó. No son las prebendas o privilegios que se derivan de su posición, las que deben animar el espíritu militar.
Ese mismo glorioso día de nuestra existencia que aceptamos el reto, tres puertas se abrieron frente a nuestros ojos: la de la Escuela Militar de Cadetes, la de la Escuela Militar de Suboficiales y la de la Escuela de Soldados Profesionales. Allí, nuestras capacidades, perfil, liderazgo, vocación y convicción se pusieron a prueba, para de manera individual, personal e inequívoca escoger el camino más “conveniente” o al menos, el que más se ajustaba a nuestra intención de ser militar, de ser buen militar.
Por esa razón, aunque no me sorprende, sí me extraña muchísimo la extemporaneidad con la que hoy exigimos “igualdad” de derechos; después de vivir, convivir y soportar tal “inequidad” durante muchos años.
No es menos cierto, –para los que sentimos patrióticamente el uniforme, aunque ya no sea de uso cotidiano— que nos afecta la conducta vergonzante, anti-ética e inmoral con la que algunos líderes han manchado y vilipendiado el honor militar. La justicia dará cuenta de ellos. De eso no hay duda, merece nuestro total reproche, pero lo que debe ser más contundente, es que no debe quebrantar la voluntad de lucha, ya en la reserva, y mucho menos en la actividad; porque de esta forma estaríamos “haciéndole el juego” al verdadero enemigo que pretende socavar la unión y la integración de todos los hombres de camuflado; porque de ellos es sabido que dividiendo las Fuerzas Militares –azuzando desigualdad, opresión y hondas contradicciones— sacan del camino su más grande obstáculo, lo que más temprano que tarde facilitará sus protervas intenciones.
He ahí el verdadero meollo del asunto. He aquí el verdadero interés que debe concentrar nuestros objetivos hacia una organización seria y responsable. No es la crítica malintencionada, ni el resentimiento, mucho menos el odio, el que debe animar el pensamiento y la razón del ser militar.
Al contrario, es la conjunción de todos estos esfuerzos, de todos estos sacrificios, de todas estas “diferencias” las que deben marcar el derrotero que nos llevarán al éxito. La experiencia, el sacrificio, la abnegación, la lealtad a la institucionalidad; deben ser el azimut frente al cual orientaremos todos nuestra brújula, para llegar al mismo punto donde todos queremos y debemos llegar. No existiría nunca la gloria en un oficial si para alcanzarla no hubiese estado a cargo un suboficial y mucho menos en la que el valor del soldado no se haya hecho presente. Igual suerte correría ese valiente soldado que en ausencia de un veterano suboficial para que le instruyera, supervisara, pudiera cumplir la estrategia que un curtido y experimentado oficial le encargara.
Que haya diferencias, claro que las habrá. Que hayan debates y discusiones, en efecto deberán existir. Pero que nunca falte la coherencia ni la confianza mutua y recíproca entre quienes algún día recibimos e impartimos órdenes, porque fue a la misma bandera a la que juramos lealtad y compromiso… fue el mismo tricolor el que arropó –en el altar de la Patria– a todos esos hombres y mujeres que cumplieron su promesa de “morir por defenderla”. Es la misma bandera la que cobija nuestra más noble misión la de ser colombianos, la de ser buenos colombianos.
Dios les bendiga.




