Por: Capitán (ra) Cesar Castaño
El anuncio de la Corte Suprema de Justicia que deja en firme la condena al señor General Jesús Armando Arias Cabrales, es una triste noticia.
Sin embargo, más allá de la ‘indignación’ que ocasione, de los acostumbrados mensajes en redes sociales, de los comentarios apurados de pasillo, de las tertulias ocasionales sobre el tema en medio de mullidas sillas y cafés interminables, lo que se observa es una insolidaridad que abruma.
Por ahora el silencio es absoluto, silencio producto del egoísmo en que hemos caído. Vivimos tiempos de una ‘solidaridad líquida’, endeble. Nada que no nos toque nos importa, nada que no atente contra nuestros intereses personales vale la pena; nada que no sea apartar los obstáculos del camino, en ese arribismo que agobia, nos importa.
Antonio Gala, el escritor español, nos recuerda que «(…) la solidaridad dentro del campo estrictamente humano casi del todo se ha extinguido. Cada hombre se ha ido transformando en una isla que, junto a las otras y separadas de ellas, compone un inconexo y lóbrego archipiélago. No hay sólidos puentes que las unan; sólo quebradizos andariveles que, a las primeras embestidas, ceden y rompen la comunicación».
Por eso es en vano vociferar grandes discursos sobre religiones, sacrificios, héroes, libertades, principios o liderazgos, pues al final sólo sirven para enmascarar posiciones de absoluto egoísmo, y mantener algunos privilegios.
Y en ello muchos hemos caído, por eso es casi imposible tirar la primera piedra.
«De malas, el que se queme que sople» me decía hoy, en un tono que desconsuela, un oficial de la reserva activa. Pero le agradezco, pues logró inspirar esta reflexión.
Más allá del plantón de anoche, frente al Cantón Norte, al cual invitó el representante Uscátegui y que contó con una escasa asistencia, nada se escucha.
Es tiempo de ofrecerle a mi General compañía, un abrazo afectuoso, palabras de aliento y muestras de afecto al hombre, al soldado de Infantería, al excomandante de esa Institución que a todos nos ha acogido.
Pero mientras escribo esto desde la ciudad en donde vivo, un hombre al que muchos admiramos ocupa un frío espacio, una jaula que siempre lo será aún si es de oro. Sus apellidos, Arias Cabrales, excomandante del Ejército Nacional, un ser humano que más allá de su condición de General de la República o de lo que diga la justicia sobre él, observa impasible cómo pasa el tiempo y cómo se diluye lentamente… todo aquello en lo cual ha creído firmemente durante toda su vida.




