Las batallas de la memoria

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Luego que el país conociera que al Centro Nacional de Memoria Histórica le fue suspendida la membresía de una red internacional de memoria, volvieron a arreciar los ataques contra su director. Los medios de comunicación hicieron las veces de cuadrilátero de boxeo.

El pecado mortal del historiador Darío Acevedo Carmona, actual director del Centro Nacional de Memoria Histórica (Cnmh) es tratar de equilibrar la construcción de la memoria histórica en Colombia. Que la narrativa no se incline hacia un único lado de la balanza, como en efecto venía sucediendo desde la génesis de este organismo del Estado.

Su antecesor, Gonzalo Sánchez Gómez, dedicó sus esfuerzos para construir una memoria sesgada acerca de qué pasó en el país durante la confrontación armada. En esta particular visión del académico de la Universidad Nacional, el Estado y los mal llamados grupos paramilitares −coludidos con este, claro está− son los únicos responsables de los horrores de nuestra guerra intestina.

Basta mirar el prolijo trabajo del Cnmh durante la administración de Sánchez y su fiel escudera María Emma Wills Obregón, para percatarse de que por omisión se exime de muchas responsabilidades sobre lo acontecido en 60 años de confrontación armada a las guerrillas y a sus aliados políticos en la izquierda criolla.

Como si esto no fuera suficiente, los productos del Centro en este período dejan en el olvido las causas y las pretensiones de las víctimas de las guerrillas, en especial aquellas que sufrieron por causan y razón del actuar de las Farc, movimiento armado con el que el gobierno adelantó el proceso de paz que culminó con la firma del Acuerdo Final.

Y qué decir de la verdad y la memoria de los militares víctimas del conflicto armado y sus familias, ignorados adrede por los antiguos regentes del Centro. Esto con la anuencia y el beneplácito del 99 por ciento de los colectivos y organizaciones de derechos humanos presentes en el país.

Con sólo leer los guiones museológicos elaborados por el equipo de Sánchez para el Museo Nacional de la Memoria −proyecto bandera del Cnmh−, se hacen evidentes los exabruptos que expongo en esta columna. El ministerio de Defensa y las Fuerzas Militares habían hecho los reparos del caso basados en argumentos académicos e investigativos, pero su voz fue ignorada sistemáticamente por Sánchez y sus lugartenientes.

Si queremos una historia tergiversada de la guerra en Colombia, mejor contratar a los libretistas de la serie Bolívar: el hombre, el amante, el libertador, factura de un prestigioso canal de nuestra televisión nacional. ¡Justeza, señores! Por algo, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie advierte sobre los peligros de contar una sola historia en una charla TED.

Esta y otras actuaciones poco éticas llevaron al actual director del Cnmh a plantearse serios interrogantes sobre el rol de la entidad y sus obligaciones a la luz de la ley de víctimas y el Sivjrnr, en el entendido de que el centro de gravedad estratégica de la paz reposa en todas las víctimas, sin importar su procedencia u orilla ideológica.

Verbo y gracia, su idea de que las investigaciones sobre nuestro conflicto armado fueran confiadas a centros de investigación certificados por Colciencias no ha sido del agrado del exclusivo club de amigos de Sánchez y Wills. Era de esperarse, pues ahora los millonarios contratos de la entidad no se adjudicarán a dedo como cuando ellos regentaban los destinos del Cnmh.

Por eso, no me extrañaría que los constantes ataques de los que ha sido objeto Acevedo Carmona −desde que el mismo momento que el presidente Iván Duque anunció su designación como director del Cnmh− estén auspiciados o cuenten con el beneplácito de los fanáticos de Sánchez y porque no, de algunos de sus antiguos coequiperos.

El último de estos ataques tuvo lugar ayer, luego que se conociera que al Centro le fueron suspendidas las membresías de la Coalición Internacional de Sitios de Conciencia y de la Red de Sitios de Memoria Latinoamericanos y Caribeños. El hecho fue tergiversado con tal magnitud que se llegó a afirmar que Colombia fue expulsada de esta red y que el culpable era Acevedo Carmona por no reconocer el conflicto, ambas afirmaciones falaces.

Lo peor, periodistas y medios descontextualizados hicieron eco de verdades a medias y editorializaron sobre la noticia, condenando al director del Cnmh y haciendo ver que este hecho era más grave que el mismísimo coronavirus chino.

Basta ya de esa manía que tenemos los colombianos de creernos el ombligo del mundo y de esperar la aprobación de la comunidad internacional para todo lo que hacemos. Como si hacer parte de esta red de memoria fuera la panacea para las víctimas. Claro que es importante integrarla, mas estar fuera no vulnera ningún tratado internacional suscrito por Colombia y, mucho menos, la ley de víctimas o los puntos del Acuerdo Final.

Es cierto que semanas antes de su designación Acevedo Carmona dijo en una entrevista al matutino El Colombiano que, para él, Colombia vivió una amenaza terrorista y no un conflicto armado. Él nunca ha negado esta declaración, como tampoco ha dejado de cumplir el mandato del Cnmh, como lo constatan los trabajos desarrollados en un año de labores. En todos se hace referencia al conflicto armado y a las víctimas.

Al final del día, el país y sus gentes −en el largo camino de sanar realmente sus heridas− requieren equilibrio en la verdad, la memoria y la historia del conflicto, con narrativas diáfanas y sin sesgos que honren la memoria de las víctimas, máxime cuando esta guerra interna está lejos de llegar a  su fin.

https://lasillavacia.com/silla-llena/red-de-la-paz/las-batallas-de-la-memoria-72017

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