Por: José Obdulio Espejo Muñoz
Ya suplida la vacante para comisionado de la verdad −convocatoria pública en la que tomé parte−, quisiera compartir algunas de las líneas contenidas en la justificación que acompañó mi postulación para este cargo. En ellas explico cuál habría sido mi rol.
Hace un tiempo, uno de mis dos hijos en edad escolar me preguntó si era cierto, como escuchó decir, que los militares colombianos éramos consumados asesinos y nos extasiábamos matando personas. Le respondí que no era así y que jamás en mi vida había siquiera lastimado a otro ser humano, toda vez que cuando juré bandera me comprometí a proteger la vida de mis conciudadanos y esa promesa era sagrada.
Su inocente pregunta me animó entonces a ejercer con absoluta libertad mi profesión primigenia, el periodismo, ya no estando bajo banderas en el Ejército Nacional, sino en calidad de columnista de opinión sobre temas de paz, reconciliación, memoria histórica, reparación, no repetición y justicia transicional.
Quizá si leen mis escritos encontrarán que he concentrado gran parte de mis esfuerzos a reivindicar las pretensiones de las víctimas directas e indirectas que dejó y sigue dejando nuestro conflicto armado en el seno de la Fuerza Pública. Esta inclinación del fiel de la balanza quizá jugó en mi contra en este proceso de selección, en el entendido de que la pluralidad de víctimas de nuestra guerra intestina merece la atención de quien funja en calidad de comisionado de la verdad. Notarán también que he sido crítico de algunos hechos puntuales del trabajo de la Comisión, pero siempre con el debido respeto que me merece la entidad y los comisionados.
En mi defensa y dado que fui primero periodista que militar, me permitiré citar una de las frases célebres del gran reportero de guerra, ensayista, poeta e historiador polaco Ryszard Kapuściński, que, a mi juicio, se ajusta como anillo al dedo: «La pertenencia a un mundo multicultural requiere un fuerte y maduro sentido de identidad».
Ahora bien, quisiera decir a la sazón que mucho antes de que iniciase el proceso de paz que culminó con la firma del Acuerdo Final en La Habana, Cuba, tenía claro que la paz, ese sueño anhelado de los colombianos −por demás consagrado en nuestra Constitución−, sólo es posible si gira alrededor de un centro de gravedad estratégico: las víctimas y su derecho a conocer la verdad.
Me refiero, por antonomasia, a todas y cada una de las víctimas de este conflicto armado, en el más amplio sentido de la palabra, y la verdad entendida como el constructo social de multiplicidad de verdades. Me explico: las víctimas y los familiares de las víctimas de los mal llamados falsos positivos (léase homicidios en persona protegida) merecen saber la verdad sobre este oprobioso episodio y que se les diga qué ocurrió, cómo ocurrió, por que ocurrió y quién es responsable de su tragedia, derecho que le asiste por igual a los soldados, los policías y los ciudadanos que detentaron la calidad de rehenes de las Farc, algunos de ellos durante más de una década.
Desde esta perspectiva plural, el catálogo de víctimas y hechos victimizantes es interminable si se examina a la luz de las graves violaciones a los derechos humanos y los graves crímenes de guerra perpetrados en más de sesenta años de confrontación fratricida. Verbo y gracia, los desaparecidos de la sociedad civil y aquellos que desparecieron a causa de vestir uniforme de la Fuerza Pública y así en cada conducta tipificada o catalogada.
Encontrar la tan ansiada verdad −con base en la centralidad de las víctimas, sin importar su orilla− requiere un ejercicio académico y en terreno de la más fina filigrana. Exige entender que no existen verdades únicas y mucho menos verdades absolutas acerca de qué ocurrió y continúa ocurriendo en el marco del conflicto armado colombiano.
Importante conocer la memoria de las partes enfrentadas, depurándola cuando sea necesario, y cotejar esas versiones con la memoria y las narrativas de los sectores sociales y las comunidades en el marco de la confrontación, a fin de plasmar en letras de molde una aproximación a esa verdad que nos permita como país sanar heridas y borrar cicatrices.
Si la Comisión llegara a cometer el imperdonable error de concentrar las narrativas y los testimonios en unos pocos grupos sociales, correría el riesgo de descontextualizar el sentido histórico de los fenómenos, construyendo una verdad tendenciosa en la que no se vean reconocidos ni representados importantes sectores de la sociedad. Que no nos pase lo que relata la leyenda o mito griego de la linterna de Diógenes de Sinope.
El problema no está en la memoria y la verdad del sector específico desde el que se reconstruyen los acontecimientos, sino en impedir la presencia de múltiples voces en estos procesos. Quizá sólo así sea verdaderamente posible que la paz por fin eche raíces y florezca con el mayor esplendor posible. La voz de las fuerzas del orden es apenas un susurro en la Comisión.
Asimismo, constituiría un craso error el centrar su interés en la búsqueda de responsables, toda vez que este camino profundiza y ahonda las tensiones y conflictividades, impidiendo el encuentro entre los actores otrora antagónicos, con graves consecuencias sobre la reconciliación y la consolidación de la paz. Con esto no quiero señalar que la memoria deba excluir este punto de la responsabilidad, lo que trato de señalar es que no puede ser su centro de enunciación.
Queda claro, entonces, que los deberes de memoria y de verdad −cuyo centro de gravedad, repito, siempre será el conjunto de las víctimas− no se excluyen y, muy por el contrario, se complementan, pero siempre y cuando haya pluralidad de voces y narrativas.
¿Por qué quería ser comisionado de la verdad? Responderé lo mismo que le dije a algunos de mis superiores y subalternos en la milicia que cuestionaron el hecho de que ya en el retiro trabajara con una de las administraciones de izquierda de Bogotá: sueño y anhelo un país donde todos quepamos, con nuestras similitudes, pero también con nuestras diferencias, donde mis pequeños hijos hechos hombres caminen en paz y tranquilidad y recuerden con orgullo a quien les trajo a la vida. Es falso como se afirma desde diferentes tribunas que a los militares nos embelesa la guerra y nos da urticaria la paz.
Era mi intención colocar ese pequeño grano de arena en la construcción de esa verdad, en la que se entretejan todas las verdades y se escuchen por igual las pluralidad de voces de este conflicto armado.
Al final del día, muchos colombianos queremos atestiguar el carácter imparcial de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición. Yo soy uno de esos colombianos que deseaba aportar en ese ejercicio de pesos y contrapesos que debe matizar el importante mandato y misionalidad de la Comisión.
Traigo a valor presente una charla de la plataforma TED en la que la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie habla a sus contertulios sobre los peligros de contar una sola historia (léase relato) o lo que ella denomina “la historia única”. Por tanto, a fin de culminar esta especie de exposición de motivos, me permito compartir otro gran pensamiento de Kapuschisky: «Si entre las muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente, ella se convertirá en falsedad, y tú en un fanático».
https://lasillavacia.com/silla-llena/red-de-la-paz/queria-ser-comisionado-de-la-verdad-72295




