Por: José Obdulio Espejo Muñoz
Los estereotipos son construcciones mentales falseadas que los seres humanos elaboramos acerca de nuestros semejantes. Lo hacemos por desconocimiento, información errada o experiencias poco gratas. En este proceso perceptivo, casi siempre caemos en el error de generalizar sobre un colectivo por el comportamiento de un individuo o de varios de sus integrantes, para luego exacerbar resentimientos, bajas pasiones y odios patológicos, propios o heredados.
La historia humana es un libro abierto acerca de cómo los clichés dividen sociedades y enfrentan naciones. Las cruzadas −prólogo de un enfrentamiento inconcluso entre cristianos y musulmanes− nacieron de los prejuicios de la Edad Media; nueve siglos después, las guerras yugoeslavas del noventa y los atentados del 9/11, dos de sus apéndices más recientes y cruentos. Los nazis enviaron a seis millones de judíos a las cámaras de gas por su enfermizo cliché antisemita. En Ruanda, los miembros de la etnia Hutu, apoyados por un gobierno hegemónico, asesinaron a cerca de un millón de Tucsis en tres meses; el rol de la Radio de las Mil Colinas, en Kigali, fue determinante en el genocidio.
Pero este mal no sólo cobra víctimas en las guerras. Los gitanos son quizá el conglomerado más estigmatizado del planeta. En este índice caben las comunidades afro −víctimas de abominaciones históricas como la segregación en los Estados Unidos y el apartheid en Sudáfrica− y los pueblos indoamericanos.
Este extenso, pero ilustrativo preludio al quid de este escrito, nos conduce a las entrañas de nuestro interminable conflicto armado. Rotular a las personas es deporte nacional. El asunto se complica cuando alguien abraza una idea de país que difiere de la del otro. Es una práctica que por igual estilan políticos de derecha, de centro o de izquierda.
Quienes hacemos parte de la institución castrense −activos y retirados− somos boccato di cardinale en este rifirrafe de ideas. Los ataques de los que somos objeto no provienen de detractores espontáneos y del común. De hecho, algunos de ellos, gracias a su astucia y su disfrazado discurso de paz, logran que su mensaje sea oído.
Esta casa periodística sirve para ilustrar esta afirmación. No haré referencia al necesario cubrimiento noticioso sobre el conflicto o a las columnas de opinión que sobre este tema −en el marco de la pluralidad y la libertad de expresión propios en El Espectador− aparecen en las ediciones online o escrita. Nuestros lectores, verbigracia, encuentra a su disposición contenidos opuestos sobre cómo la sociedad colombiana percibe a los militares, pero redactados con respeto, altura y argumentos −válidos o controvertibles−, como la última columna de Kenneth Burbano.
Eso sí resulta cuestionable que se dediquen líneas para promocionar una canción de rap escrita e interpretada por un declarado militante de la Farc. Y escribo cuestionable, porque el colega de la sección Cultura omitió contarles a sus lectores que el desconocido rapero Manuel Garzón −realmente distinguido por un lío judicial con el expresidente Uribe− hace proselitismo político para el partido de la rosa, lo cual, desde la maltratada objetividad periodística, cambia la lectura que se haga de esta nota. Ojalá su olvido haya sido por impericia o desconocimiento, mas no por negligencia, porque no se trata de un simple tema musical y era su deber ético contrastar fuentes.
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Compartimos con ustedes la columna Discursos de Odio parte I
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