Por Antonio Sampaio*
La relación entre las organizaciones armadas ilegales (guerrillas) y de delincuencia común es cada vez más estrecha, no solo en Colombia sino a nivel mundial, dando origen así a los llamados grupos híbridos que, según el autor, han demostrado ser más adaptables y resistentes que los modelos anteriores de insurgencia o terrorismo.
El siguiente texto fue publicado recientemente en el portal en internet del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres (IISS), y por considerarlo de interés lo transcribimos en su totalidad, advirtiendo que se trata de una traducción no oficial de su versión original en inglés:
“Un artefacto explosivo improvisado fue detonado cerca de una carretera, cuando un convoy de la policía colombiana pasó por ella en el pequeño poblado de Tierradentro, en el departamento de Córdoba, el 16 de septiembre. Siete oficiales fueron asesinados. La escala del ataque fue impactante en sí misma, ya que fue perpetrado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en medio de las negociaciones de paz que mantiene con el gobierno.
Pero lo realmente preocupante fue el anuncio hecho por las autoridades colombianas, en el sentido de que el ataque se llevó a cabo en alianza con Los Urabeños, el grupo criminal más grande de Colombia, con el que las FARC se enfrentaron en el pasado. El grupo guerrillero negó la conexión, pero esta no fue la primera evidencia de su participación en las redes criminales transnacionales.
A medida de que el conflicto colombiano parece estar llegando a su fin, después de 50 años de sangrientos combates en la selva, la amenaza a la seguridad se ha transformado en algo mucho menos claro que la lucha de una insurgencia marxista contra el gobierno central. Como es el caso de algunos conflictos prolongados en otros lugares, el entorno de la seguridad en Colombia está ahora dominado por una mezcla de grupos de guerrilla y de delincuencia criminal, con un objetivo principal: explotar las economías informales o ilegales, en especial la minería y el tráfico de cocaína. Esta tendencia se ha mantenido desde hace años, pero se ha acelerado significativamente durante la última década, debido a la subida mundial de los precios de las materias primas minerales y la creciente globalización del comercio de drogas.
El vínculo entre los grupos armados y la delincuencia no se ha limitado a las selvas de cocaína de los Andes. Otros grupos armados, especialmente en África, han mostrado una notable resistencia frente a la presión militar (a menudo apoyada por Occidente) y las misiones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas. Para los insurgentes de la República Democrática del Congo (RDC), los ingresos de la actividad minera controlada han fortalecido su capacidad de combate y creado un incentivo económico significativo para rechazar un acuerdo de paz.
Al igual que en Colombia, hay grandes sectores de los grupos rebeldes de la RDC que han permanecido desafiantes y agresivos, ello a pesar de que sus líderes se han mostrado receptivos a una iniciativa de amnistía y a un plan de desarme propuestos por el gobierno de la RDC.
Al respecto, líderes de las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR), un grupo rebelde hutu que desde hace 20 años opera en la República Democrática del Congo, habían anunciado su desarme para abril. Sin embargo, a finales del mes pasado, el Consejo de Seguridad de la ONU pidió la ‘neutralización rápida de las FDLR como una prioridad para estabilizar la situación en la República Democrática del Congo’, después de que sólo una fracción de los cerca de 1.500 combatientes cumplió realmente con el compromiso de desmovilizarse.
Mientras la dinámica étnica y un cierto nivel de motivaciones políticas parecen desempeñar todavía un papel en la violencia de la República Democrática del Congo (como en el caso de Colombia con las FARC y el Ejército de Liberación Nacional, ELN), estos grupos parecen omitir cada vez más sus enfrentamientos con los rivales al considerarlos como ‘opciones operativas’.
De acuerdo con un informe preparado en 2013 por un grupo de expertos de Naciones Unidas, las FDLR estaba trabajando con Mai-Mai, unas milicias de autodefensa , algunas de las cuales se habían creado inicialmente para luchar contra los rebeldes hutus. Estos movimientos han ido permanentemente tras el rastro de los yacimientos mineros, y son intensos los combates que se registran alrededor de las zonas ricas en coltán, oro y diamantes. Es así como la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito, al referirse a esa creciente fusión de las metas políticas, étnicas y criminales, se preguntó si dichas organizaciones “¿necesitan dinero para continuar la lucha o necesitan que luchar para seguir ganando dinero?”
La respuesta parece variar en función de con quién se hable. Los líderes de los grupos que llevan a cabo las negociaciones de paz o de desarme con los gobiernos parecen estar interesados en destacar las motivaciones políticas, pero los líderes de nivel medio son generalmente impulsados por la lógica de la lucha por el dinero. O, para ser más precisos, la lógica de la lucha por los recursos que no traen sólo dinero, sino el poder y el prestigio local. Esto es particularmente relevante en Colombia, la República Democrática del Congo y otras regiones de América Latina y el África subsahariana, donde las drogas y los ingresos mineros han aumentado desde la década de 2000.
Los grupos que operan con un grado de fusión entre tales orientaciones y tácticas criminales e insurgentes – lo que se podría hacer referencia a grupos como híbridos – han mostrado una notable resistencia ante la presión armada feroz. En Colombia las FARC, que celebran este año su 50 aniversario, han resistido en la última década una particular e intensa campaña contrainsurgente respaldada por Estados Unidos, que llevó a la eliminación de varios de sus dirigentes, entre ellos su máximo comandante, en noviembre de 2011.
Mientras tanto, en la República Democrática del Congo, una variedad de grupos armados rebeldes no sólo ha sobrevivido durante décadas, sino que también hace frente a la mayor misión de paz de la ONU (21.000 miembros) que incluye, desde el año pasado, una Brigada de Intervención, el primer grupo de operaciones ofensivas incluido en una misión de la ONU.
La vinculación entre la actividad armada y las economías locales informales – como la minería, la agricultura en pequeña escala y la explotación forestal- se aceleró en la última década con el auge de los precios de las materias primas minerales. Este proceso tiene implicaciones estratégicas sobre dónde y cómo los grupos armados eligen operar. Ellos crecen en ausencia de instituciones y autoridades estatales, proporcionando -aunque toscamente y a veces violentamente- algunos de los servicios que el Estado no provee, como los reglamentos de producción y transporte de mercancías.
El proceso de interacción y fusión entre los grupos criminales y milicias por motivos políticos o movimientos insurgentes fue una forma de conflicto híbrido que se exploró en la Revisión Estratégica Global 2014. En una de las sesiones especiales se discutió sobre las diferentes formas de interacción entre los grupos armados no estatales.
Con la globalización y la expansión de grupos radicales o personas lideradas por al-Qaeda, a través del Sahara y el Sahel, las tácticas y las vías de financiación se intercambian o copian. Si bien la dinámica del crimen-insurgencia también está presente en el África occidental, los dos son mucho menos entrelazados allí que en América Latina y África Central.
Sin embargo, los grupos islamistas transnacionales han formado lazos simbióticos con las redes criminales de tráfico de cocaína, hachís o cigarrillos. Al-Qaeda en el Magreb Islámico y su grupo escindido MUJWA (Movimiento para la Unidad y la Yihad en África Occidental) consiguen una parte significativa de sus fondos a través del contrabando de drogas, ya sea por proporcionar un paso seguro a los grupos del crimen organizado o aliándose con ellos directamente. MUJWA está particularmente involucrado en el contrabando directo de cigarrillos y de otras drogas, lo que ha permitido que su líder, Mokhtar Belmokhtar, se haya ganado el apodo mundial de ‘Sr. Marlboro’.
La comprensión de la dinámica en evolución entre la actividad armada y la criminalidad tiene implicaciones para las respuestas políticas. En los casos en que los grupos rebeldes se arraigado en las poblaciones locales y sus economías informales, el fortalecimiento de la gobernabilidad del Estado, la capacidad institucional y las reformas políticas son herramientas igual de útiles (y con frecuencia más) que el envío de las fuerzas armadas. Grupos que demuestran estructuras híbridas han demostrado ser más adaptables y resistentes que los modelos anteriores de insurgencia o terrorismo. Por ello, las herramientas para luchar contra ellos también deben ser cada vez más híbridas, combinando herramientas de seguridad y desarrollo.
*Analista de Investigación para la Seguridad y el Desarrollo




