¿Cese al fuego bilateral, desescalamiento o ‘tregua’ para pactar con el enemigo?

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Editorial Periódico ACORE, edición 551

A principios del año el Señor Presidente de la Republica, anunció públi­camente su determinación de acelerar el proceso de negociación de La Habana, para que en el menor tiempo posible se llegara a un “cese al fuego bilateral y definitivo con las Farc”.

Sin embargo, la forma como hizo público este pronunciamiento, que por razones obvias, ha debido ser de muy buen recibo por la sociedad colombiana, su efecto fue totalmente ad­verso, y por el contrario, generó múltiples reac­ciones de inconformidad y extrañeza, dada la am­bigüedad y poca claridad cómo fue planteado.

De llegarse ahora a un acuerdo en tal sen­tido, tal como lo dio a conocer recientemente el jefe de negociadores del equipo de Gobierno en La Habana, sin firmar docu­mento formal alguno, sin refrendación popular y sin compromiso previo de desmovilización y en­trega de armas, se crearía un gran riesgo, cuyos efec­tos futuros en materia de seguridad interna, po­drían poner al país en una difícil situación de orden público, ante la dificultad de poder enfrentar con de­cisión y claridad la amen­aza que esta organización terrorista representa, y que por razones de or­den legal y constitucio­nal, debe ser neutralizada o combatida sin restric­ción por el Estado y, en particular, por las Fuerzas Armadas.

De ser así, y si las facul­tades de que dispone el go­bierno nacional se lo per­miten, se requeriría como mínimo la concentración de los grupos armados ilegales en puntos especí­ficos predeterminados, no en regiones o extensa zonas, bajo la vigilan­cia y control de la Fuerza Pública y la participación como observadores de or­ganismos de tipo nacional e internacional. Esta sería la única forma de garan­tizar la suspensión de la actividad criminal, el uso de sus armas y su accio­nar terrorista contra la po­blación civil y la institucio­nalidad del país.

Es importante anotar que “pactar con en el ene-migo”, contraviniendo el orden legal y constitu­cional de nuestro estado de derecho, podría constituir la comisión de un gravísimo delito: ¡traición a la patria! Ello obliga al Gobierno y a los negocia­dores a revisar cuidadosa­mente la normatividad le­gal sobre la misión constitucional que les corresponde a las Fuerzas Militares y a la Policía Nacional, como garantes de la seguridad y defensa nacional, y el monopo­lio exclusivo que tiene el Estado sobre la posesión y uso de las amas dentro del territorio nacional. No olvidar: ¡Estamos negociando con el enemigo!

Sobre este particular cabe anotar, que de mane­ra insistente hemos plan­teado por conducto de las asociaciones de la Reserva Activa de las Fuerzas Militares y de la Policía Nacional, en cartas en­viadas al Presidente de la República, en su condición de Comandante en Jefe, y también mediante comu­nicados y pronunciamien­tos dirigidos a la opinión pública, que si no hay desmovilización y entre­ga formal de las armas, no habrá garantía alguna para asegurar el estricto cumplimiento de lo que sea pactado.

Sobre un eventual cese al fuego con las Farc, al­gunos sectores de extre­ma izquierda radical han querido vender a la opinión publica la importan­cia que representa esta medida, como una forma de lograr una disminución gradual de la violencia, del terrorismo y de las activi­dades delincuenciales, que sistemática y permanente­mente, viene generando esta organización armada en la geografía nacional. De todas maneras, este compromiso no impone, bajo ninguna circunstan­cia, reciprocidad o limitación alguna, para que la Fuerza Pública continúe cumpliendo su misión institucional.

Para complicar más esta situación, algunos secto­res afines al gobierno han expresado la posibilidad de llegar a un acuerdo fi­nal plenamente valedero, sin necesidad de una apro­bación popular. Gravísimo error. Es posible que legal, constitucional y jurídica­mente esto sea posible. Sin embargo, hay que tener en cuenta que lo único que realmente garantiza la fir­meza y viabilidad de cual­quier compromiso que sea adquirido, y sobre todo su aplicabilidad en el futuro, es que sea refrendado, tal como lo anunció el gobierno en el momento que dio a conocer la agenda de ne­gociaciones con las Farc. Esto le proporciona legitimidad. Hay que recordar que fue con este argumen­to, con el cual el Jefe de Estado buscó el respaldo nacional de su proyecto y más adelante su reelec­ción presidencial.

Cualquier generosi­dad que demuestre el gobierno en estas negociacio­nes, constituye una mues­tra de debilidad que nos desfavorece, y proporciona grandes ventajas a esta or­ganización terrorista.

El concepto mayoritario de sectores ciudadanos es que no hay suficiente credibilidad sobre el proceso de La Habana por razones que se esgrimen desde distintos ángulos políticos y sociales, pero especial­mente por los anteceden­tes de negociaciones que terminaron en un rotundo fracaso.

Para algunos ciudadanos no hay claridad so­bre lo que se pudiera entregar o se esté en­tregando a cambio de las múltiples pretensiones que públicamente viene exigiendo este grupo ar­mado ilegal, en materia de impunidad por crímenes de lesa humanidad, de­jación y no entrega de ar­mas, reestructuración y cambio de doctrina de las Fuerzas Militares, refor­mas al régimen electoral y elegibilidad política para sus principales ca­becillas, reintegro social y no desmovilización de sus integrantes y otras muchas más, que como la creación de zonas de reserva campesina con autonomía especial, pudieran coincidir con sus viejas áreas de influencia, donde tradicionalmente han ejercido su acción de­lictiva, especialmente en lo relacionado con cultivos y explotación minera ilegal. Estas podrían ser unas nue­vas y peligrosas repúblicas independientes.

Somos conscientes que resolver los impedimentos para terminar este conflic­to armado no es tarea fácil. Al problema con las Farc, se agrega ahora el del Eln, que según sus últimos pro­nunciamientos, quieren lo mismo que se negocia con esta otra organización, y algo más en materia de política económica y so­cial, y particularmente en lo relacionado con el papel de las Fuerzas Militares. Los diálogos con esta orga­nización están estancados. Sus aspiraciones no varían un ápice con relación a lo que han venido planteando en sus intentos de negociación, igualmente fracasados en épocas ante­riores.

Sin embargo, las cir­cunstancias del país y su futuro inmediato, nos hace ver con realismo, la nece­sidad de alcanzar una paz cierta, firme y duradera, así tengamos que esperar pacientemente un proceso gradual que pueda deman­dar diez o quince años, tal como los mismos negocia­dores del gobierno lo han afirmado. Esta paz que es un anhelo nacional, tam­bién lo es para nuestros soldados y policías que desde hace muchos años se han venido jugando su vida en defensa de nuestras instituciones y del pueblo colombiano.

Brigadier General JAIME RUÍZ BARRERA

Presidente Nacional de ACORE

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