El deber más noble del soldado

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Quienes manchan el uniforme con sus actos repudiables no merecen ser llamados soldados.

Por: Coronel Pedro Javier Rojas Guevara

La noble profesión de las armas es “el trabajo más complejo, desafiante y aterradoramente responsable que conoce el ser humano”, en palabras del gran historiador John Laffin (1922-2000), en su obra ‘Grandes batallas de la historia’. Servir a la patria es para el soldado su deber más noble, y en cumplimiento de ese postulado supremo entrega su salud física y mental, sus mejores años y, en ocasiones, hasta su propia vida, por amor a su pueblo, por su espíritu altruista inquebrantable, por vocación y por sus excelsas virtudes, como el honor militar, definido por el sabio Caldas como “el más grande de todos los honores”.

Cuando el militar o el policía han enfrentado con arrojo a un enemigo traidor y demencial, y ofrendan la vida por defender a sus connacionales, o pierden algún órgano vital o sus extremidades, o son secuestrados en el combate, como decenas de uniformados cautivos en las selvas durante años, como fue el caso de mi primo hermano, el capitán Julián Ernesto Guevara Castro (q. e. p. d.), vilmente secuestrado en Mitú el 1.º de noviembre de 1998 y muerto en cautiverio por causa de la inhumanidad de sus criminales captores. Justo después de sufrir las atrocidades de la guerra o haber llevado a cabo acciones de valor extraordinarias, estos hombres y mujeres son llamados ¡héroes!

Por ello, no todos los uniformados merecemos ese magnánimo calificativo. Somos policías y soldados de tierra, mar, aire y río, que amamos y respetamos profundamente a Colombia, que nos educamos y entrenamos para vencer en la primera línea de batalla, que mostramos humanidad y compasión con el enemigo vencido y que servimos con honor y disciplina a esta hermosa nación.

El próximo 19 de julio, Colombia rendirá tributo y honrará la memoria de los héroes y sus familias. Que sea esta también una fecha para recordar al gestor y promotor de la Ley 913 de 2004, el inolvidable Rodrigo Obregón (q. e. p. d.), quien era un soldado, que, aunque no vistiera el uniforme militar, tenía un corazón pixelado que palpitaba y sufría, esmerándose por ayudar desde su Fundación Colombia Herida a muchos héroes anónimos.

Si viviese mi amigo Rodrigo, estaría muy indignado, como estamos hoy los soldados del Ejército Nacional, por las generalizaciones absurdas y falaces de algunos que olvidaron que esta sagrada institución fue, es y seguirá siendo el sostén y el último bastión de la democracia colombiana.

Quienes manchan el uniforme con sus actos repudiables no merecen ser llamados soldados, es una palabra reservada solo para aquellos que protegen la vida, honra y bienes de los ciudadanos con excelencia militar. La institución entera rechaza las conductas execrables de algunos pocos que olvidaron que la ética debe ser la única regla para tomar decisiones.

“Compañeros de armas, pluma o fusil, somos cuantos combatimos por una misma causa, cuantos sentimos quemada el alma por un mismo ideal. Felices vosotros, la nación os ha escogido para defenderla y os ha llamado a jurarle fidelidad y amor, como a una novia eternamente joven, eternamente bella, perpetuamente inviolada”.

Estas palabras de don Tomás Rueda Vargas, el ‘compañero de armas’, como se hacía llamar, pronunciadas en noviembre de 1924 en un discurso ante oficiales, suboficiales y soldados, y escritas en su libro póstumo ‘El Ejército Nacional’, publicado en 1969 por la Escuela Superior de Guerra en su sexagésimo aniversario, nos enseñan acerca de la grandeza de los hombres que aman y respetan al ejército de su patria. “Ser soldado tuyo es la mayor de mis glorias”. ¡Patria, honor, lealtad!

Coronel Pedro Javier Rojas Guevara
Director del Centro de Doctrina del Ejército Nacional de Colombia

 

 

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