Señor Presidente: ¡El honor militar no se mancilla!

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Coronel Darío Ruiz Tinoco.

Ha causado verdadero estupor, rechazo  y repulsión, explicable en los círculos castrenses y sociales del país, el ladino comercial  de baja, amañada y oscura propaganda política desarrollada  al mejor estilo de quien siente amenazada su relección. En él  aparece el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de Colombia, el Presidente de la República, en vísperas de las elecciones de 15 de Junio,  preguntándoles a unas supuestas madres de familia, prestadas para la infame propaganda política, si permitirían que sus hijos fueran a la guerra.

 

Es obvio que ninguna madre va a responder afirmativamente a tan estúpida  y temeraria pregunta, que por su naturaleza y sentido, busca desvirtuar toda la trayectoria histórica en defensa de la Patria, de la más grande y prestigiosa institución del país, la cual no ha sido diseñada exclusivamente para la guerra, sino todo lo contrario, para la defensa de todos los colombianos, incluyendo al Señor Presidente de la República quien, a propósito es bueno recordarle que en sus mozos fue alumno  de nuestra Escuela Naval, y por ello debe saber ciencia cierta la grandeza que representa haber portado el uniforme que distingue a los militares colombianos como los mejores del mundo, que si van a la guerra es precisamente por determinación política y no autónoma de la institución.

Señor Presidente, los militares no hacen la guerra porque son los políticos los que determinan la necesidad válida o no, legítima o no, de llevarlos al combate, y lo hacen con la plena  convicción de defender a todos los compatriotas. Por ello es estúpida la pregunta de su comercial político. Tal vez si se hubiese hecho en el contexto previo a la Primera Guerra Mundial, 1914-1918, la respuesta hubiese sido otra, afirmativa por supuesto, porque quienes fueron a esa guerra no sabían qué como resultado de la misma morirían más de diez millones de jóvenes europeos, sacrificados en un conflicto sin sentido que arrasó el continente europeo. Las madres de esa época sentían el orgullo de que sus hijos fuesen a la guerra para servir a la Patria amenazada y ganar un prestigio y reconocimiento  de tipo social.

La Historia de Colombia, señor Presidente, es otra bien diferente a la de la Primera y Segunda Guerra Mundial  y Usted bien lo sabe, porque esta guerra en Colombia ha sido impuesta, y no propiamente por los militares, eso sí en  contra la democracia colombiana que Usted representa, y por una banda de criminales que tienen buen recibo en las conversaciones de La Habana. Si no fuera por el sacrificio  de nuestros soldados de la Patria para defender a todos los colombianos de los asesinos de las Farc, incluyéndolo a Usted, señor Presidente, muy seguramente  no hubiese llegado al podio  que hoy ocupa en la Casa de Nariño, porque tendríamos a cambio  allí sentado en su silla a  un tirano como Fidel Castro o su hermano Raúl o un Chávez o un Maduro.

La paz en una  imperiosa necesidad nacional y no conozco a ningún colombiano de bien que sea enemigo de la paz,  salvo los delincuentes de las Farc y el ELN, señor Presidente, con quienes Usted adelanta conversaciones en La Habana. Menos mal que para tranquilidad de los militares colombianos, lo acompaña en La Habana uno de los más reconocidos, honestos y comprometidos militares colombianos, el general Mora  Rangel, en quien todos creemos y por ello  ojalá lleguen a buen término estos diálogos y concluyan con la entrega de las armas que ilegítimamente han levantado contra la República. Señor Presidente, no juegue con los intereses de nuestra institución con  fines políticos electorales, porque es una es una tremenda irresponsabilidad de su parte, que le resta credibilidad a su política.

Los colombianos en general no creemos en las buenas intenciones de estos criminales mafiosos de las Farc, y eso no quiere decir que seamos enemigos de la paz. La historia ha demostrado que una paz mal negociada como la del Tratado de Versalles de 1919,  se encarga de asegurar una nueva y peor guerra como la que se vivió en la Segunda Guerra Mundial con, sesenta millones de muertos… Una paz impuesta al enemigo derrotado,  como ocurrió en 1945, dio al mundo una estabilidad y seguridad que ha sido sostenible y el mundo europeo cambió para bien.

Ahora, señor Presidente, no olvide que su hijo prestó el servicio militar, como colombiano de bien. Eso es admirable. Eso sí, en excelentes condiciones de comodidad y confort, reservados a tan distinguidos personajes, nada más y nada menos que el hijo del Comandante Supremo de las Fuerzas Militares, el cadete Santos, trascendió en el Fuerte de Tolemaida y desfiló como soldado de la Patria el pasado  20 de Julio como “Comando del Ejército Nacional”, aunque dudo que sea un auténtico “Comando” porque, para ello se necesita, como se dice en Colombia, “comer mucha papita”, y dudo que él haya comido la papita que come nuestro soldado raso, aquel que pone el pecho para defendernos, que se interna en la selvas y montañas de Colombia para enfrentar al enemigo agazapado y criminal, aquel que en medio de combate respeta los derechos humanos engrandeciendo a la Patria.

Recuerdo la forma como Usted rompió todo la grandeza y el protocolo militar que obliga un desfile de tal magnitud, para parar la marcha del desfile de la tropa y abrazar a su hijo, ese hijo que supuestamente prestó Usted “dizque para la guerra”. Ahora emplea, en mala hora  electoral, el discurso del “no a  la guerra” para captar votos entre los colombianos, sin importar el sentir de los militares que verdaderamente hemos y seguiremos sirviendo a la Patria, que hemos visto el sacrificio de miles de soldados que han muerto por defender nuestra sociedad y nuestra democracia.

 

Las madres de los espartanos, aquellos invencibles soldados, que exitosamente enfrentaron a los persas, cuando enviaban a sus hijos a la guerra les decían: “hijo vuelve con el escudo o sobre él” y eso hizo grande a Esparta e hizo que sobreviviera en la historia y fuera admirada por su valentía. Ningún comandante espartano se atrevió a vanagloriase con el hecho de que su hijo fuera a la guerra o prestara el servicio militar, y mucho menos llegó a parar el avance de la tropa para abrazar a su hijo y colocarlo por encima de los demás soldados. 

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