Candidatos y seguidores deben bajarle el tono a las agresiones físicas y verbales, que han convertido la campaña en una de las más violentas de las ultimas décadas.
Por: Oscar Montes
En momentos en que se creía que Colombia viviría la primera campaña presidencial en paz de los últimos 50 años, la intolerancia y la creciente crispación política amenazan con llevar al país a una de las elecciones más violentas en la historia reciente. De las palabras y los insultos verbales se está pasando a los hechos. Cada uno de los extremos justifica las agresiones, siempre y cuando el agredido pertenezca al grupo de sus adversarios. La cuerda está muy tensa y en cualquier momento se puede romper.
En Colombia –está visto, por desgracia– la intolerancia política termina siempre en tragedia. Así ocurrió a finales de los 40 y durante los 50 con la llamada ‘Violencia’, desatada luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, que dejó cientos de miles de muertos a lo largo y ancho del país. Luego, en los 90, Colombia escribió de nuevo otro capítulo de terror con la alianza de organizaciones narcotraficantes con dirigentes políticos en algunas regiones.
Tenemos el vergonzoso honor de ser el único país en el mundo que vio caer asesinados a cuatro de sus candidatos en una sola campaña presidencial: Luis Carlos Galán Sarmiento, Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo y Jaime Pardo Leal. La cuota de sangre y dolor que hemos pagado es demasiado alta como para ahora revivir las heridas que apenas empiezan a sanar. Por cuenta de la violencia política, Colombia es un país de huérfanos y viudas. Así de simple, así de triste, así de trágico.
La negociación entre el gobierno de Juan Manuel Santos y los jefes de las Farc, que concluyó con la desmovilización de buena parte de los combatientes de esa organización guerrillera, fue mostrada por las partes como el comienzo de la reconciliación nacional. “Con paz, haremos más” fue uno de los tantos lemas con que el Gobierno bombardeó a los colombianos antes, durante y después de la negociación con las Farc en La Habana.
Pero el pacto de paz del Gobierno con las Farc no produjo los resultados esperados, al menos en lo que tiene que ver con la tolerancia y la reconciliación nacional. Todo lo contrario: unos y otros –amigos y contradictores de los diálogos– dirimen sus diferencias en las plazas públicas a punta de tomates, huevos crudos, ‘madrazos’ y agresiones físicas a los candidatos y líderes políticos, como ocurrió el pasado viernes con Gustavo Petro en Cúcuta y Álvaro Uribe en Popayán. Y como sucedió hace algunas semanas en Armenia con Rodrigo Londoño, ‘Timochenko’, candidato de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (Farc), movimiento político nacido de las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).
El acto proselitista de Petro en Cúcuta terminó con una gresca monumental entre seguidores y contradictores del candidato presidencial, cuya camioneta fue atacada con piedras, poco antes de dar inicio a la concentración política. El desconcierto y el caos que se originó por cuenta de la agresión llevó a miembros de la comitiva de Petro a informar sobre un ataque con disparos de fusil al vehículo, pero el propio candidato aclaró lo sucedido, en un mensaje en su cuenta de Twitter: “No hay disparos en el carro en el que voy. Organizaron un sabotaje con la manifestación con un centro de mando; la cárcel y Ramiro Suárez, exalcalde a quien denuncié como asesino y paramilitar. El saboteo llegó con gente en siete buses”, afirmó Petro, quien posteriormente responsabilizó a “la policía del alcalde de Cúcuta”, que lo habría llevado “preciso al punto donde me iban a atentar. Así de simple y así de bárbaro”, escribió Petro en Twitter.
Por su parte, el actual senador y máximo líder del Centro Democrático, Álvaro Uribe Vélez, también fue objeto de insultos, saboteos y agresiones físicas durante una manifestación en Popayán. El expresidente fue recibido con rechiflas y consignas, como las de “Uribe, paraco, el pueblo está berraco” y “Uribe, fascista, usted es el terrorista”. A la postre la intervención de la Fuerza Pública evitó que los miembros de la delegación del Centro Democrático fueran agredidos por los antiuribistas. Miembros de la comitiva de Uribe se quejaron de la participación de profesores universitarios, quienes habrían promovido los actos de sabotaje en su contra. ¿Qué está pasando en la campaña presidencial? ¿Qué deben hacer Gobierno y candidatos para llevar a cabo una campaña sin violencia?
Candidatos, a bajarle al tonito
El lenguaje incendiario y lleno de resentimiento social, empleado por el candidato Gustavo Petro y secundado en tiempo real por miles de seguidores en redes sociales, quienes actúan como ‘perros de presa’ contra todo aquel que lo critique, terminó por fomentar y agudizar la polarización que hoy se vive.
La única persona que puede apagar esa máquina es Petro. Su indiferencia y su mutismo frente a lo que sucede ante sus ojos es complicidad. Cuando quien oficia como cabeza de su lista al Senado dice en una plaza pública y delante de él, que la única razón para aspirar a la curul es “meter preso a Uribe”, sin ninguna prueba y sin mayores argumentos, solo porque sí y porque a él le da la gana, se asume que lo hace con el visto bueno de su jefe. Y si esa misma persona –luego de los inadmisibles, reprochables y condenables– hechos de Cúcuta contra Petro, se refiere a la ciudad como “República Independiente Paramilitar”, también sin ningún soporte real y de forma generalizada, solo porque así se le antojó, entonces habría que decirle al candidato presidencial que ya es hora de que llame al orden a quienes de forma irresponsable atizan las llamas del incendio.
La inmensa mayoría de cucuteños es gente honesta y trabajadora, como para que por puro oportunismo político metan en el mismo costal a los honorables con los delincuentes. Pero Uribe, como máximo líder de uno de los bandos, también debe poner orden en sus filas. Sus seguidores son tan obedientes y disciplinados como los de Petro, de manera que su comportamiento depende de las instrucciones que reciban de sus jefes. El lenguaje incendiario solo aviva el odio y el resentimiento. Así como los amigos de Petro gradúan de “paramilitares” a quienes no piensan como ellos, los de Uribe gradúan de “guerrilleros” a quienes piensan distinto. Nadie gana con una Colombia devastada. Es hora de una profunda reflexión sobre la responsabilidad que se deriva del liderazgo político. Para desarmar los espíritus hay que empezar por desarmar el lenguaje.





