Por: José Obdulio E
En el cine y otras producciones audiovisuales de new media se podría apoyar la tarea de instituciones que, como el Ejército Nacional, están perdiendo hoy las batallas de la memoria en el teatro de operaciones de la transición.
El duodécimo hombre (12th Man) es un largometraje noruego que rescata para la posteridad acciones heroicas ocurridas durante la Segunda Guerra Mundial.
Dirigida por Harald Zwart, cineasta holandés nacionalizado noruego, este filme, recreado en el país nórdico ocupado por la Alemania nazi en 1943, narra la historia del teniente de la resistencia Jan Baalsrud, único sobreviviente de un grupo de 12 saboteadores que es traicionado y cuyos integrantes son apresados y asesinados por la temida SS.
Esta consistente propuesta de cine bélico, llena de suspenso y una trama tensa, se suma a una larga lista de títulos que no dejan olvidar las proezas de cientos de héroes anónimos en los campos de batalla de la Europa ocupada durante la primera mitad de la década del cuarenta, mucho menos borrar de la memoria los horrores auspiciados por Adolf Hitler y sus lugartenientes y aliados del eje Roma-Berlín-Tokyo.
Dunkerke, Corazones de hierro, Las horas más oscuras, El fotógrafo de Mauthausen, Operación final, Indestructible y Hasta el último hombre ‒por citar algunos filmes de data reciente‒ cumplen con uno de los preceptos de los sistemas de justicia transicional tan de moda en el planeta y en Colombia: el deber de memoria.
La industria cinematográfica de Hollywood y de otras latitudes ‒no sé si por mera coincidencia o una elaborada estrategia resiliente‒ ha encontrado en la Segunda Guerra Mundial un nicho de mercado exitoso y rentable, que, a la vez, sirve para llevar su mensaje a millones de personas, especialmente de las nuevas generaciones que no vivieron estos acontecimientos históricos y sólo conocieron de ellos a través de los textos de historia.
Es un hecho que las producciones cinematográficas tradicionales y de new media (especialmente online) constituyen per se uno de los métodos de memoria histórica más eficaces en este mundo de la postmodernidad.
Largometrajes, cortometrajes, docudramas, dramatizados, seriados, documentales, vídeo clips, broadcast, multimedia ‒verbo y gracia‒ son herramientas disponibles para llegarle substancialmente a los individuos de la Generación Y o millennialls.
Así lo entendió el director colombiano Orlando Pardo con su propuesta Alma de héroe, producción cinematográfica nacional en el género bélico que se exhibe por estos días en las salas de cine del país.
Esta historia de amor en medio de la guerra, basada en hechos reales, es en opinión de Pardo «la película de todos los colombianos que hemos vivido el conflicto». Mas recordemos el viejo adagio según el cual, una sola golondrina no hace verano.
Según ha trascendido a los medios, Alma de héroe contó con la asesoría y acompañamiento del Ejército Nacional de Colombia en temas tácticos. De ser así, la institución bicentenaria tiene en el cine el arma que requiere para dispararle a las masas, en nuestro país y en el exterior, las miles de historias de vida de sus hombres en estos sesenta años de conflicto armado, desvirtuando de tajo la mala prensa auspiciada desde sectores radicales y por hechos recientes como los mal llamados falsos positivos.
A mi juicio, el cine, como herramienta de memoria histórica, es mucho más efectivo a la hora de hacer pesos y contrapesos al contenido de libros comoDetrás de la guerra en Colombia, presentado por Ariel Ávila en la Filbo 2019 y en el que erróneamente plantea, verbigracia, un empate técnico en la confrontación entre las Fuerzas Militares y las Farc que devino en los acuerdos de La Habana.
De hecho, las Fuerzas Militares, especialmente el Ejército Nacional, hicieron como nunca una notable presencia en la Feria de Libro de Bogotá, presentando una gran variedad de nuevos títulos que según fuentes oficiales suman más de 100.
Eso está bien y es necesario, pero esta guerra de memoria y verdad que se está librando en los escenarios de la transición, requieren una nueva mirada y el uso de narrativas más atractivas ‒como bien lo he planteado en otras columnas de mi autoría‒, dirigidas precisamente a las nuevas generaciones de colombianos, obnubiladas por discursos populistas y demagogos como los de Gustavo Petro y Claudia López.
¡No nos llamemos a engaños! Los trabajos de corte académico ‒como los libros y las investigaciones‒ se quedan precisamente en los ámbitos académicos y en anaqueles para llenarse de polvo. Llegan con sus narrativas encopetadas a muy pocos ciudadanos, argumento que se comprueba al consultar las estadísticas de la Cámara Colombina del Libro y de la Encuesta Nacional de Lectura (los colombianos de 5 años o más consumen hoy apenas 2,9 libros por año), así como el número de transacciones durante la reciente edición de la Filbo.
Los asistentes a Corferias ven en estos espacios una buena oportunidad para vitrinear y pasar un rato de ocio y esparcimiento, pero nada más.
En cambio, en el universo digital, el primer lugar de preferencia lo ocupan redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram y WhatsApp, donde los contenidos audiovisuales y de multimedia abundan y son literalmente devorados por los usuarios. Este es un nicho que no se debería desaprovechar.
Allanar esta senda no será tarea fácil y requerirá grandes inyecciones de capital, seguramente con el concurso de la empresa privada. Una propuesta de solución en borrador ante la andanada de mensajes apocalípticos que diariamente leo en las redes de WhatsApp de las que hago parte, en mi calidad de miembro de la reserva activa de los estamentos armados de Colombia. Una idea para pasar del verbo a la acción y para contribuir en la necesaria corrección de la tergiversada y perversa historia que se viene escribiendo sobre nuestro conflicto armado.
https://lasillavacia.com/silla-llena/red-de-la-paz/alma-de-heroe-70925




