Verdad y memoria, ¿para qué?

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Esta columna explora los porqué de la verdad y la memoria en sus justas proporciones y su real dimensión. La ideología y la política deben quedar por fuera de la ecuación.

Por: José Obdulio Espejo Muñoz

En 2017, en Lexington, Kentucky, Abdul-Munim Sombat Jitmoud, padre de seis hijos, perdió al quinto de ellos cuando este trabajaba como repartidor de pizzas para costear sus estudios universitarios. Mientras hacia una entrega en un complejo de apartamentos a las afueras de la ciudad, Salahuddin −ese era su nombre− fue asesinado a puñaladas por sus clientes para robarle el dinero que llevaba consigo.

De la muerte fue acusado formalmente Trey Alexander Relford, quien, junto con dos cómplices, ideó el macabro plan. Él solo fue una víctima al azar. La fiscalía pidió la pena de muerte para este joven afroamericano, pero Jitmoud promovió la negociación de un acuerdo de culpabilidad que impidió que este fuera al corredor de la muerte, conmutándole la pena capital por 31 años de prisión.

El pedido de Jitmoud  sorprendió a los asistentes al juicio, pero mucho más lo que pasaría durante la lectura de la sentencia. El adolorido padre miró al asesino de su hijo y le dijo: «Una vez más, no te acuso por el crimen que has cometido. No, no te culpo. En absoluto estoy enfadado contigo. Me siento tan triste por ti, porque estés en esta situación».

Al escuchar las palabras serenas del padre de su víctima, Trey, con lágrimas en sus ojos y la voz notablemente entrecortada, solo atinó decir: «… siento mucho lo que pasó ese día». Entonces se quebró. Jitmoud le pasó un pañuelo desechable para que secara su llanto, lo abrazó como a alguien de su propia carne y sangre y le dijo al oído: «Hijo mío, te he perdonado. Tienes ante ti un nuevo capítulo en tu vida. Has un cambio y conviértete en una buena persona».

Al hablar con la prensa local que cubría el juicio, Jitmoud dijo que sintió que Trey en verdad estaba arrepentido, que sus disculpas eran sinceras y que el muchacho necesitaba algo de cariño y de consuelo para afrontar su tragedia. A la juez, la fiscal, el defensor de oficio, el jurado y los demás ciudadanos presentes en el tribunal, les fue imposible no humedecer sus ojos ante la grandeza de este gesto.

A miles de kilómetros de ahí, la localidad de Terezín, en la República Checa −convertida por los nazis en un gueto para los judíos durante la Segunda Guerra Mundial−, fue escenario en 2018 de un encuentro inimaginable. Rainer Hoess, activista alemán que ha dedicado su vida a visibilizar los crímenes del Holocausto, y Tomas Kraus, un líder de la comunidad judía con idéntica misión, se reunieron para comprender qué pasó en aquel lugar hace más de media centuria. Los judíos llegaban a Terezín en tren desde diferentes puntos de la Europa ocupada y luego eran trasladados a Auschwitz para su exterminio en un número estimado en 140 mil.

El abuelo de Rainer fue Rudolf Hoess, comandante del campo de concentración y exterminio de Auschwitz y uno de los célebres arquitectos de la «solución final» de Hitler para la cuestión judía. El padre de Kraus, por su parte, fue uno de los judíos que llegaron al gueto de Terezín en el primer tren, en noviembre de 1941; luego sería transferido al temido campo de concentración en Polonia, donde milagrosamente sobrevivió.

El encuentro fue afable, pero a la vez crudo, sincero y abierto. Rainer se autodefinió como la oveja negra de una familia en la que su abuelo es venerado y niegan que el Holocausto haya ocurrido;   Kraus, entre tanto, ha dedicado su vida a dar testimonio sobre el sufrimiento de sus padres en Auschwitz. Ninguno de los dos había nacido para la época de los hechos, pero sienten la obligación de adelantar una cruzada conjunta para enviar su mensaje al mundo y a las generaciones futuras. Ambos llevan un pin sobre su pecho con la expresión judía «sajór», que significa «recuerda», en honor de los supervivientes.

Estos dos casos −en los que claramente coexisten víctimas y victimarios−, son el ejemplo palpable de lo que debería ser el pan de cada día en algunas instancias del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, Sivjrnr, y sus satélites no orgánicos como el Centro Nacional de Memoria Histórica, Cnmh. Una conversación cristalina, sincera y descarnada si se quiere, a fin de que víctimas y victimarios hallen caminos de entendimiento, comprensión, perdón, verdad y reconciliación nacional.

Quizá muchos critiquen el hecho de que estas dos historias de vida corresponden a situaciones y contextos muy diferentes a los del conflicto armado en Colombia. En ello habría una pizca de razón, claro está, si se les aborda desde una mirada académica y técnica. Pero estos episodios trascienden la razón y entran en el terreno de lo emocional. Finalmente esta es la quintaesencia de los componentes duros del Sivjrnr: justicia y verdad, pero acompañadas de no negacionismo, arrepentimiento sincero, perdón y reconciliación.

Estos cuatro últimos factores son determinantes a la hora de transformar las realidades pasadas, presentes y futuras de nuestro conflicto armado. Se trata de construir sobre las cenizas, aliviando las tensiones naturales entre víctimas y victimarios, logrando un olvido del agravio personal o colectivo, pero sin caer en el equívoco de sepultar el hecho, pues este le pertenece a la memoria de las generaciones futuras.

 

Lo invitamos a seguir leyendo el artículo en el siguiente link: https://lasillavacia.com/silla-llena/red-de-la-paz/verdad-y-memoria-76427

 

 

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