Siguen sin aparecer los autores intelectuales del montaje criminal que acabó con la carrera y llevó a la cárcel al almirante barranquillero.
Por: Oscar Montes
Ahora que por fin se acabó la pesadilla que por 13 años debió padecer el almirante Gabriel Arango Bacci, luego de conocerse el fallo del Consejo de Estado que obliga a la Fiscalía General a indemnizarlo y ofrecerle disculpas, sería muy bueno que el Gobierno Nacional proceda a reincorporarlo a la Armada Nacional con todos los honores que se merece. Es lo mínimo que puede hacer el Estado colombiano por quien por más de 35 años prestó sus servicios a la Patria de forma abnegada y transparente. En toda su trayectoria como oficial no hay siquiera un solo llamado de atención que haga dudar de las calidades éticas y morales del almirante Arango Bacci.
El fallo del Consejo de Estado a su favor cierra uno de los capítulos más oprobiosos en la historia de la Justicia colombiana. Nunca antes el Estado colombiano con todo su poder se había ensañado con tal ferocidad contra una persona que no había hecho nada distinto a servirle al país desde una de sus instituciones más queridas.
Al almirante Arango Bacci le acabaron su brillante y ascendente carrera, pisotearon su dignidad y su honor, destruyeron su reputación y su buen nombre y frustraron su sueño de ser algún día comandante de la Armada Nacional. Debió pagar cárcel por 18 meses y su familia tuvo que sufrir el señalamiento social de quienes -sin conocerlo- se referían a él como jefe de un cartel narcotraficante, porque así lo señaló en su momento la Fiscalía General de la Nación. Algunos medios de comunicación -instigados y azuzados por manos muy poderosas- no le permitieron siquiera poder defenderse del arsenal de injurias y calumnias que arrojaron contra la humanidad del destacado oficial barranquillero. Al almirante Arango Bacci esos medios de comunicación lo condenaron sin que hubiera sido vencido en juicio, como corresponde a cualquier ciudadano.
Visto los hechos, muchos años después de acontecidos, resulta increíble que algo así hubiese sucedido. Todo, absolutamente todo, fue alevoso, perverso y torticero. Una verdadera “historia kafkiana”. Así lo expresé desde el primer momento en mis columnas de EL HERALDO en el 2007 cuando estalló el escándalo, porque conocía de los valores éticos y morales de quien era señalado por la Fiscalía de ser un vil delincuente.
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