Cuatro años después de suscrito, el Acuerdo Final languidece en la pugna entre detractores y defensores. Sus exiguos resultados en términos de justicia, verdad y reparación, son lo único evidente.
Por: José Obdulio Espejo
El acuerdo de La Habana se hace trizas ante la incredulidad del Cerbero que le cuida cual si fuera el Hades. De ahí que sus arquitectos pregonen a los cuatro vientos que, de lejos, es el mejor instrumento de justicia transicional que se haya concebido en el mundo. Aseguran que es arquetipo entre los modelos de tránsito de la guerra a la paz.
Pero la gran mentira parece caerse por su propio peso. Lo hace por el hedor y la podredumbre que emanan de las herramientas que, para hacerla creíble, idearon Humberto, Sergio, Roy y otros. Porque lo pactado en La Habana es legal, pero no legítimo, y ¡jamás lo será!
El padre de la criatura está en el ojo del huracán; su premio, en tela de juicio. No propiamente por la perversa mano de sus eternos detractores del partido de Uribe, sino por la investigación de uno de los periódicos más leídos y con mayor credibilidad del planeta. Un diario que, en editoriales, artículos de análisis, columnas de opinión y reportajes, alguna vez lo alabó a él y a su creación.
Es natural, entonces, que los delfines salgan en defensa del Nobel en entredicho, en especial aquel que anunció sus aspiraciones presidenciales. El heredero está obligado a limpiar su legado. No le queda otra si quiere ocupar el mismo solio en el que se sentó su progenitor.
De contera, no es fácil guardar silencio cuando medio país califica de traidor a su padre y, dicho sea de paso, lo consideran el peor de los parias, el cafre de cafres, émulo de vendepatrias, cual Casio y Bruto en el asesinato de Julio César o Judas en la historia bíblica de Jesús.
En este contexto, las verdades del general retirado Jorge Enrique Mora Rangel tampoco ayudan mucho a la causa. Tardías o no, son lapidarias, golpean las entrañas mismas de lo pactado y sus consecuencias podrían equipararse a las bombas que lanzó el Enola Gay sobre Hiroshima y Nagasaki.
Todo lleva a culpar de la debacle a las permanentes cargas de profundidad que lanzan el Centro Democrático y sus principales alfiles. Mas los defensores del acuerdo jamás se han detenido a pesar de que algunos engranajes del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, Sivjrnr, tienen fallas en sus ruedas dentadas. La soberbia les impide aceptar que el Acuerdo Final dista del halo de perfección que se le atribuye.
Son varios los ingredientes que hacen del desarrollo de lo pactado un cóctel peligroso: un componente de justicia transicional de capa caída, contratos dudosos en la burocracia de la paz, permisividad abrumadora con los victimarios y su histórica arrogancia y el síndrome Trump en relación con los resultados del mecanismo refrendatorio.
Esto explicaría, verbigracia, por qué en lugar de poner orden en la casa, el nuevo presidente de la JEP se ha dedicado en las últimas semanas a limpiar en los «mass media» la maltrecha reputación que dejó su antecesora en la imagen de los tribunales de la paz. A como dé lugar, quiere convencernos a todos de que la fuga del narco ‘Santrich’ no fue culpa del tribunal que preside, como tampoco el comportamiento amañado de ‘Iván Márquez’ y ‘El paisa’, los otros miembros del renovado cartel que se burlaron de Colombia.
En este orden de ideas, todavía muchos esperamos las explicaciones sobre los presuntos entuertos contractuales en el seno de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (CEV), pero nada. El sacerdote jesuita Francisco De Roux, su presidente, guarda silencio monástico, como si hubiese hecho votos en tal sentido.
En el país donde nada ocurre por azar, el cisma que provocó Vicky Dávila en Semana, lo crean o no, es otra arista para tener presente en el cuarto cumpleaños del acuerdo. La infinita batalla entre el SÍ y el NO, la misma que mantiene dividido al país, tuvo por tinglado a la otrora prestigiosa publicación, corroborando que los medios de comunicación en Colombia están distantes de la objetividad que tanto pregonan. Por lo menos en el pasado tenía la hidalguía de identificarse como partidarios de un color o de otro.
La llegada de Dávila a la dirección general de Semana y sus publicaciones presupone la pérdida de uno de los bastiones del periodismo donde se hacía continua apología a las bondades del acuerdo y sus inobjetables alcances. Muralla donde la herencia de Juan Manuel Santos era preciada, pero ya no. Fortín desde donde se cuestionaban los recientes golpes de las Fuerzas Militares, en especial contra las disidencias. Todo cambió.
En el entretanto, ¡el acuerdo se hace trizas y está lejano de ser final!
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