Por: Carlos Alberto Patiño Villa
Profesor Titular de la Universidad Nacional de Colombia, adscrito al Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales.
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- Introducción:
En este artículo se presentará, de manera sintética, la coyuntura de competencia geopolítica global actual, en el que un grupo de grandes potencias, asistidas de diversas formas por sus aliados regionales, se encuentran en una disputa geopolítica profunda, por medio de la cual están poniendo fin al orden internacional tal y como se creó al final de la Segunda Guerra Mundial, específicamente con el tratado de San Francisco que dio lugar al surgimiento de la Organización de las Naciones Unidas, y a la versión más actual del orden internacional multilateral y basado en reglas (Barbé, 2025).
Este período de competencia geopolítica global es de especial relevancia, pues de manera explícita se están rompiendo muchos de los acuerdos y los procedimientos para el mantenimiento del orden internacional que se conocían y se daban por válidos, desde la segunda posguerra mundial que marcó el final del siglo XX, y que en las décadas de los años 1990 y 2000, pareció sobrevivir a la competencia bipolar de la Guerra Fría, que de alguna forma, como ha indicado el historiador Odd Arne Westad (Westad, 2017), impuso un cierto “orden mundial”, al obligar prácticamente a todos los países a tomar una postura a favor o en contra de los principales competidores de la Guerra Fría, es decir, los Estados Unidos o la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
El argumento principal del presente artículo es que en la actualidad existe un conflicto que actúa como detonante geopolítico de otros en diferentes regiones del mundo, y que a partir de ese conflicto se está erosionando el orden internacional conocido, sin que aún exista un modelo de reorganización del mismo. Ese conflicto principal es la guerra en Ucrania, que ha tenido dos momentos claves: el momento inicial que fue la agresión militar ilegal y toma de la península de Crimea por parte de la Federación de Rusia, en el año de 2014; y un segundo momento, determinada por la invasión a plena escala de Rusia sobre Ucrania, de nuevo en una agresión ilegal y con objetivos militares maximalistas enmarcados en la aspiración política de la reimperialización. Esta guerra ha tenido un impacto directo en otros conflictos y territorios, introduciendo desestabilización política y en los planes de seguridad de diversos países y alianzas internacionales, como también en dinámicas de modernización militar y tecnológica, e incluso en cambios de regímenes en diferentes países, y el intento de modificar la forma de proceder de las grandes potencias. Un asunto que agrava la perspectiva legal de esta guerra es que Rusia es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, una posición mantenida al declararse heredera directa del desaparecido imperio de la URSS.
Este trabajo está basado en una trayectoria de investigación que por más de 10 años he desarrollado en la Universidad Nacional de Colombia, con diferentes proyectos de investigación, que han permitido la escritura de diferentes artículos para revistas indexadas, artículos para prensa, y libros resultados de dicha investigación. Los títulos de estos libros son los siguientes: “Imperios contra Estados. La destrucción del orden internacional contemporáneo” (Patiño, 2017); “Guerra en Ucrania. Origen, contexto y repercusiones de una guerra estratégica de impacto global” (Patiño, 2022); y “La guerra global invisible. Ucrania, el mundo y el retorno de los imperios” (Patiño, 2025).
- La invasión a plena escala de Ucrania en 2022:
El día 24 de febrero de 2022 se conoció que desde la noche del día anterior, y en la madrugada de ese mismo día, decenas de miles de tropas rusas, cifradas según algunas fuentes en alrededor de 190.000 soldados, ingresaron por cinco ejes de acción militar a Ucrania, abarcando rutas de ingreso a territorio soberano de Ucrania, que establecieron un arco que iba desde el norte del país agredido, limitando con Bielorrusia, pasando por el oriente sobre las zonas de Donetsk y Lugansk, hasta llegar a la península de Crimea hacia la provincia de Jersón, desde donde se movió la infantería de marina rusa con destino a los territorios ucranianos (Clark, Barros , & Stepanenko, 2022).
Rusia movilizó para esta acción un número considerable de tropas, equipos militares, municiones, pertrechos de guerra y unidades de inteligencia e infiltración dentro del territorio que debería ser tomado, y justificaba su despliegue militar y agresión contra otro Estado soberano, que no le había agredido anteriormente, sino que por el contrario había sido Moscú el que le había agredido ya en 2014, como una acción de autodefensa contra un posible ataque de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte)[1], desde suelo ucraniano, al tiempo que Vladimir Putin negaba que Ucrania pudiese definirse como una nación independiente de Rusia, y que además era gobernada por un régimen de nazis y drogadictos desde Kiev, bajo la presidencia de Volodimir Zelenski (Troianovski, 2022). Incluso, en un maniobra destinada a ofrecer un aspecto jurídico de protección a los ruso-hablantes de las provincias de Donetsk y Lugansk, que juntas conforman la región de Donbás, de manera tal que el alegato de autodefensa tuviera más credibilidad, tanto el parlamento ruso como el Kremlin, una semana antes de las operaciones militares a gran escala, reconocieron de forma unilateral y aislada internacionalmente, la independencia de las regiones de Donetsk y Lugansk, en las que Moscú, desde 2014, había apoyado dinámicas separatistas a través de la conformación de unidades armadas que lucharan contra las fuerzas armadas ucranianas (Cuesta & Sahuquillo, 2022).
La primera acción táctica de las tropas rusas en suelo ucraniano en 2022, especialmente de aquellas aerotransportadas que llegaron a los aeropuertos de Kiev, y de las que hacia allí se dirigían por tierra, era la de defenestrar el gobierno de Zelenski, ocupar la capital y asegurar la instauración de un régimen de transición en Ucrania, que permitiera al Kremlin cumplir sus promesas de recuperar el territorio que Moscú considera suyo, al tiempo que negaba la existencia y la trayectoria histórica de la nación ucraniana, negando además la posibilidad de la existencia soberana del Estado conformado a nombre de dicha nación (Putin, 2022). Las tropas rusas tenían la confianza de que controlarían Ucrania rápidamente, y que la capacidad de resistencia de las tropas enemigas sería baja, lo que permitiría que un gran número de militares, según las informaciones de la inteligencia rusa sobre el terreno, se entregaran, e incluso cambiaran de bando.
La guerra fue un abrupto acontecimiento para las sociedades occidentales, especialmente para las de Europa, que en general habían asumido que las confrontaciones militares eran algo que sucedía en lugares sin estabilidad, sin ordenamientos justos y lejos de cualquier condición de modernidad, o como lo expresó Margaret Macmillan en un ensayo publicado antes de la guerra, para los europeos la guerra era ya una experiencia lejana, quizá incluso superada, con la que en la práctica tenían muy poco qué ver (Macmillan, 2021). Para el gobierno de Joe Biden, en ese momento en la presidencia de Estados Unidos, y que desde mediados de 2021 venía advirtiendo de que la Federación de Rusia se preparaba para pasar a la agresión militar en Ucrania, esta invasión militar no solo llevaba la guerra de nuevo a suelo europeo, sino que implicó dos dimensiones derivadas de la misma: de una parte la guerra era una acción de un conjunto de autocracias, y democracias iliberales, contra democracias, mientras que de otra parte se trataba de una situación que ponía en riesgo el orden internacional multilateral y llevaba a una crisis, casi que sin solución, del derecho internacional.
Pero desde la perspectiva de la sociedad ucraniana, y específicamente del gobierno de Zelenski en Kiev, la agresión acometida por Moscú, y negada tajantemente en las semanas antes de la invasión por Putin en las reuniones sostenidas con el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y con el canciller de Alemania, Olaf Scholz, constituía una agresión imperialista directa de Rusia, una más en su larga historia, que necesariamente se convertía para Kiev en una guerra de liberación nacional (Plokhy, 2023). De hecho el historiador, y analista de estrategias estatales y militares, Lawrence Freedman ha indicado que en la guerra en Ucrania, los dos bandos luchan una guerra diferente: mientras que Rusia combate en una guerra de reimperialización, en la que estaba en principio segura de obtener la victoria, Ucrania lucha una de liberación nacional, en la que reivindica no solo su real diferencia y trayectoria nacional, sino una larga y separada historia de Rusia (Freedman, 2023).
La resistencia militar y política ucraniana fue sorpresiva desde el comienzo tanto para sus atacantes como para sus aliados, pues muchos de ellos suponían que Kiev y sus fuerzas militares no resistirían el embate ruso más allá de unas cuantas semanas, y de entrada varios líderes asumieron la derrota por anticipado (Segura, Estados Unidos preveía al inicio de la guerra que Ucrania solo resistiría una semana ante Rusia, 2024). De hecho, a inicios del año 2025, el excanciller ucraniano Dmitro Kuleba reveló que, al comienzo de las hostilidades, tanto la presidencia francesa como la vicepresidencia de EE.UU., ofrecieron a Zelenski formar un gobierno en el exilio y desde allí dirigir la lucha contra el invasor.
Para diciembre de 2025 la guerra se acerca a los 46 meses de combates y batallas tan sangrientas como las de la Primera o la Segunda Guerras Mundiales, pasando hasta acá por lo menos por cuatro fases de guerra y disputa diplomática y política global (véase una explicación de las fases de la guerra, junto con las innovaciones tácticas, tecnológicas y la crisis de la simetría militar y científica, en el primer capítulo de “La Guerra Global Invisible. Ucrania, el mundo y el retorno de los imperios”), y nada hace prever que la misma va a ser detenida en los próximos meses, o incluso años (Segura, 2025).
- Los bandos en disputa:
Rusia fue la guerra en Ucrania provista de una serie de alianzas pensadas, y quizá cuidadosamente preparadas, de antemano. La alianza que de antemano se da por sentada es la que existe entre Moscú y Minsk, Bielorrusia, cuyo gobierno se comporta con el Kremlin como no soberano, sino como una federado de facto, lo que explica que haya tenido un papel central y clave durante la fase de preparación de la guerra, durante el año 2021, permitiéndole a Rusia acumular tropas, equipos militares, municiones y distintos pertrechos y capacidades, en su propio territorio y proyectados hacia Ucrania. Y luego, permitiendo que su suelo fuera usado por Rusia para lanzar varios de los ejércitos encargados de la toma de Kiev y el núcleo urbano que la soporta, convirtiéndola desde el inicio de las hostilidades militares en parte beligerante y responsable de la guerra.
La segunda alianza de Rusia para ir la guerra es la que Vladimir Putin y Xi Jinping, presidente de la República Popular de China, sellaron en acuerdos especiales, destacados y diferenciados en la primera semana de febrero de 2022, que fue definida como una alianza de amistad y cooperación sin límites, con el objetivo de establecer un nuevo orden internacional, que equilibre los “abusos” de occidente, con ahínco de EE.UU. y sus aliados, y que permita una nueva era de desarrollo, sin las sombras y problemas ocasionados los países occidentales, según su valoración (Rizzi, Sahuquillo, & Vidal Liy, 2022). A partir de la guerra de agresión de Moscú contra Ucrania, China se ha convertido en el soporte económico, diplomático y político indispensable para Moscú, pero China también ha aportado tecnología de uso dual (civil y militar) a Rusia, y posiblemente otras ayudas claves (Sher, 2024).
Las otras dos alianzas activas con las que Rusia fue a la guerra son las que estableció tanto con Corea del Norte como con la República Islámica de Irán, en las que cada uno a su manera y en su alcance y capacidad de maniobra política, ha aportado armas, tecnologías, municiones, información de inteligencia, e incluso tropas, como en el caso de Pyongyang, para sostener el esfuerzo bélico ruso, al tiempo que entrena sus propias fuerzas con miras a una acción militar renovada sobre la península de Corea. La alianza con Corea del Norte ha sido relevante e importante, toda vez que hasta finales del año 2025, el número de tropas que han participado en la guerra de forma directa contra el ejército ucraniano, tanto en región de rusa de Kursk como en otras batallas, super las 15.000, con lo que no solo se ha convertido en parte beligerante de forma directa, sino que ha adquirido una experiencia militar de la que carecía desde la guerra en la península de Corea, entre 1950 y 1953. Kim Jong-Un y Putin han firmado diversos acuerdos de cooperación, asistencia, ayuda y mutua, y uno con un apartado destacado de asistencia recíproca en caso de guerra (DW, 2024).
Con respecto a Irán, desde el inicio de la guerra las fuerzas militares rusas han recibido su apoyo con la producción y entrega de drones, otros materiales militares de diverso orden, e información de inteligencia, además de un acuerdo explícito para mantener el orden establecido en los últimos años en Medio Oriente (Troianovski & Fassihi, Putin Finds a New Ally in Iran, a Fellow Outcast, 2022), con Siria como punta de lanza de la alianza ruso-iraní, algo que funcionó hasta las primeras semanas de diciembre de 2024, cuando Bashar al-Assad fue derrocado por una milicia islámica encabezada por un exmiembro de Al Qaeda, Ahmad Al Shara (MacFaquhar, 2024), en una acción de la que diversos sectores culpan a Turquía, con apoyo de Ucrania y la connivencia, y quizá algo más, de Arabia Saudita. Unos de los puntos más conocidos de la alianza entre Moscú y Teherán es el de la entrega de drones shahed de ataque, junto con la tecnología asociada, que le ha permitido a Moscú ir a la guerra, con nuevas tecnologías, para asegurar gran parte de su primacía militar en la acción ofensiva contra Ucrania (Chulov, Sabbagh, & Mando, 2023).
Detrás de estos países se han posicionado otros, ya con apoyos diplomáticos y políticos, y algunos incluso con el envío de combatientes en la calidad de mercenarios (no de militares contratados directamente por un Estado como oficiales extranjeros), entre los que se encuentran, además de Siria, Chad, República Centroafricana, Burkina Faso, Níger, Malí, un sector de las fuerzas en combate en Sudán, Cuba, Venezuela, Nicaragua y otros más.
Por el lado ucraniano, las alianzas tienen dos niveles: en el primer plano se han ubicado los países miembros de la Unión Europea y la Otan, y la diferencia en este punto es clave, pues la Otan incluye a miembros que no hacen parte de la Unión Europea como Turquía, y en el inicio de la guerra, en la Unión Europea se encontraban países que no eran miembros de la Otan, como Suecia y Finlandia. En un segundo nivel de alianzas se encuentran otros 39 países, que, en general, comparten la característica de ser democracias competitivas, que han participado del apoyo a Ucrania, entre los que se encuentran países como Japón, Corea del Sur o Australia (español, 2022).
Dentro de este grupo de países que apoyan a Ucrania, es notorio el cambio de posición de experimentaron tanto Finlandia como Suecia, que, desde la Segunda Guerra Mundial, y en el marco de la Guerra Fría, se habían definido como neutrales frente a Moscú, por lo que no eran miembros de la Otan, a pesar de que ambos países contaban, desde antes de la invasión a Ucrania en 2022, estructuras militares de defensa destacadas (Lemola, 2022). El cambio se dio desde el mes de marzo de 2022, cuando tanto Helsinki como Estocolmo expresaron la necesidad y la urgencia de ingresar como miembros de pleno derecho, con aportes económicos y militares significativos en la Alianza Atlántica. Este fue un revés en sí para los planes rusos, pues si la invasión a Ucrania era, entre otros asuntos, una intimidación a los países de Europa central y oriental, que siempre han tenido que lidiar con Moscú, en realidad lo que se produjo era un cambio de posición a favor de la Otan. Con todo, el aliado más destacado de Ucrania, hasta el mes 35 de la guerra, fue Estados Unidos, y a partir de ese momento, con la llegada de Donald Trump a su segundo mandato a partir del 20 de enero de 2025, la alianza comenzó a atravesar diferentes vicisitudes, ambigüedades y problemas inesperados (Baker, 2025), en los que también terminaron involucrados los países europeos, y de forma destacada la Otan como organización.
En el medio de las alianzas que se han creado alrededor de los países combatientes en la guerra, de la disputa por el orden internacional, el derecho internacional y el sistema multilateral que han entrado en una seria crisis, algunos países de gran relevancia internacional han destacado por su ambigüedad pública, o por sus velados intentos de proyectar una neutralidad difícil de explicar. Entre estos países se encuentran India, Pakistán, Brasil o México. Sin embargo, cada uno se encuentra en un posición diferente con respecto a los demás, a los combatientes, y lejos de ser neutrales en términos reales, se encuentran en una posición de disimulo de los conflictos y las contradicciones en las que se mueven, como es el caso de la India, la democracia más grande del mundo actualmente, atrapada en su alianza estrecha con Rusia, en su acercamiento estratégico a Estados Unidos desde el fin de la Guerra Fría, y con una guerra cósmica siempre presente con Pakistán, que a su vez mantiene una alianza estrecha con China.
- Conflictos que la guerra en Ucrania ha detonado en una dimensión global:
La guerra en Ucrania ha detonado una dimensión global de diferentes conflictos en distintas regiones. El primer detonante ha sido experimentado por los países europeos, que han tenido que asumir como una realidad inaplazable su necesario apoyo a Ucrania, ante una extendida amenaza rusa sobre países europeos que en algún momento estuvieron bajo el control imperial de Moscú, lo que incluye tanto a países exsoviéticos, como Letonia, Lituania y Estonia, o a países más de la órbita asiática como Tayikistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Kazajistán, y otros más, pero también a países que han estado en guerra con Moscú, o que han estado bajo su control político y militar como Polonia, Finlandia, Suecia, Bulgaria, Moldavia, Rumanía, o Hungría. De esta forma no es ni casual ni gratuito que el conjunto de los países europeos haya experimentado a lo largo de 2025 un resurgimiento de los debates estratégicos y geopolíticos, y que se estén viendo obligados a replantear el regreso de los asuntos militares como las capacidades de defensa que poseen, la necesaria autonomía en producción de armamentos, o el replanteamiento de acciones como el servicio militar obligatorio, al centro de las agendas políticas de gobierno (Vigilant, 2025).
En otros conflictos como los de Medio Oriente, específicamente en el de Israel-Hamás, por deslindarlo del más amplio de Israel Vs. la sociedad palestina, más allá de las diversas dinámicas que lo caracterizan, que es claramente preexistente a la guerra en Ucrania, luego del ataque terrorista del 7 de octubre de 2023 por parte de Hamas, junto con otras milicias palestinas afincadas en la Franja de Gaza, y de la respuesta militar contundente que Israel asumió como derecho a la defensa, luego de que Hamás y las otras milicias dejaran más de 1200 muertos y más de 250 secuestrados, para el gobierno de Benjamín Netanyahu se abrió una posibilidad de llevar la guerra más allá del ataque y castigo contra Hamas, y de las acciones que acometió de forma indiscriminada y muy cuestionable contra la población civil gazatí, contra Irán, su “eje de la resistencia” y sus aliados en la región, como Bashar al Assad, presidente de Siria hasta el 8 de diciembre de 2024. En este punto es necesario indicar que la guerra en Ucrania abrió una oportunidad de reconfigurar el orden geopolítico de Medio Oriente para Israel, que antes no existía, que el gobierno de Tel Aviv aprovechó al máximo, al enfrentarse a la milicia islamista de Hezbolah, y decapitarla; y a organizaciones como Hezbolah Al Qataeb en Irak, los Huthíes en Yemen, Siria, y, finalmente a Irán mismo, con el que ha cruzado ataques en tres ocasiones, algo paradójico teniendo en cuenta que no comparten territorios ni tienen puntos geográficos de contigüidad (Frantzman, 2025).
En el último ataque, en julio de este año, en el que Estados Unidos participó con el objetivo de destruir el programa nuclear iraní, que Donald Trump llamó la “Guerra de los 12 Días” (Fassihi , Sanger , & Boxerman , 2025), se despejó la incógnita del reacomodo estratégico de Medio Oriente, que incluye dejar a Irán sin iniciativa de cara al conjunto de los países árabes y de las sociedades sunitas, al tiempo que se consolida el surgimiento de un gobierno no controlado ni por rusos ni por iraníes en Damasco (Siria), aunque sea encabezado por un islamista incluido hasta pocas semanas en las listas de terroristas más buscados.
Los países árabes en general aceptaron de forma más o menos silenciosa lo que Israel hacía en la Franja de Gaza, si bien las protestas diplomáticas y las manifestaciones de preocupación eran públicas, pues de alguna forma las acciones de Tel Aviv representaron hacer el “trabajo sucio” de los árabes contra Irán, que durante las últimas décadas ha mantenido una competencia geopolítica con Arabia Saudita y otras monarquías y Estados árabes, si bien mantiene relaciones diplomáticas claves con Catar (Hussain, 2025).
En este punto es importante anotar que Irán es parte de una alianza geopolítica con un proyecto de aspiraciones globales, que muchos de los países árabes perciben como contrarias a sus ideales políticos, religiosos e internacionales. Sin embargo es importante no dejar pasar a un segundo plano los evidentes excesos de las Fuerzas de Defensa de Israel contra las población civil de Gaza, que desde finales del mismo año 2023 fueron señaladas de constituir el crimen de genocidio, algo denunciado por Sudáfrica, un país aparentemente neutral, que bajo el gobierno del Partido del Congreso Nacional Africano cree que debe ajustar deudas diplomáticas con Israel, que brindó su apoyo al gobierno del sistema del “apartheid” (McGreal, 2006), en momentos claves de la represión contra la población negra, la que tuvo apoyo directo de Moscú.
Insisto: en este contexto, la guerra en Ucrania abrió una oportunidad de remodelación geopolítica y estratégica del Medio Oriente, que de otro modo sería impensable. Es precisamente en este escenario en el que es posible entender que la caída de Bashar Al Assad, sin que Rusia o Irán lo pudiesen auxiliar como habían hecho durante las dos últimas décadas, es un cambio geopolítico de alcance global, que lejos de desanimar la guerra en Ucrania, refuerza la dinámica militar y la competencia estratégica de la misma. Dicho en otras palabras: la destrucción de las capacidades internacionales de Irán en Medio Oriente, junto con los daños infligidos a su programa nuclear, y de frustrar las capacidades rusas de influir en la misma región, es una de las acciones de la alianza que respalda a Ucrania en la guerra, y por ello las derrotas en Medio Oriente de la alianza rusa, tienen como respuesta el recrudecimiento de la guerra contra las tropas de Kiev, como en efecto ha sucedido a lo largo de 2025.
Otro tanto ha sucedido con algunas de las guerras que actualmente se libran en África, junto con los golpes de Estado patrocinados por Moscú, que han llevado a que varios países africanos, apegados a lo que algunos han denominado la “política de la memoria”, hayan incurrido en cortar relaciones con viejos centros coloniales e imperiales, tales como París, Londres o Washington, obligando a la expulsión de Francia y sus fuerzas militares de lugares tan importantes como Malí y otros países más. En la compleja guerra en Sudán, las fuerzas ucranianas y las rusas, especialmente miembros de la organización mercenaria Afrika Korps (sucesoras del Grupo Wagner), han tomado parte directa en las confrontaciones, y según diferentes reportes internacionales, unidades de uno y otro bando han participado en operaciones militares, en acciones de inteligencia y en actos específicos. En Sudán, Kiev apoya al presidente del país, Abdelfatah Al Burhan, por petición expresa de éste a Zelenski, mientras que las unidades de origen ruso apoyan a las conocidas como Fuerzas de Apoyo Rápido, que se enfrentan al gobierno establecido en Jartum (Sabbagh, 2024). En este sentido, África se ha convertido en una zona de competencia geopolítica con un nuevo impulso derivado de la guerra en Ucrania, siendo parte de esta competencia asuntos como la distribución de grano cosechado tanto en Rusia como en Ucrania, el establecimiento de misiones diplomáticas, la venta de armas, o el apoyo a grupos o países específicos en guerras y acciones de gobierno.
En Asia las alianzas forjadas para la guerra en Ucrania también se sienten con realismo, pues en el nivel más inmediato, tanto Corea del Sur como Taiwán saben que están en la mira de las acciones de Corea del Norte y de China, que toman nota de lo que sucede, de cómo se opera militarmente, y cómo se posicionan geopolítica y diplomáticamente las grandes potencias, para decidir en qué momento pueden pasar a la acción. El gobierno de Kim en Pyongyang eliminó, en septiembre de 2024, la cláusula constitucional que le obligaba a una reunificación pacífica con Corea del Sur, en una acción que mucho ven como un preámbulo para abandonar el armisticio de 1953, y posiblemente regresar a la guerra. En el caso de China se debe anotar que en diversas manifestaciones diplomáticas se ha dejado conocer a los países occidentales, que para Beijing no es aceptable la derrota de Moscú en el campo de batalla.
En un plano más indirecto, aparentemente, Japón, Australia, Filipinas, Indonesia, Nueva Zelanda, Vietnam, y otros países más, saben que lo que sucede en Ucrania, junto con las transformaciones que ha acarreado, no los dejan inmunes, y países como Japón o Australia han iniciado diversos programas de rearme o reposicionamiento de fuerzas militares, mientras que Vietnam evalúa sus relaciones con Estados Unidos bajo el gobierno de Trump, para asumir posiciones diplomáticas delicadas con China, país con el que ha tenido diversos enfrentamientos armados (Caruncho, 2025). Otro tanto sucede con Filipinas, país que tiene con China diversos litigios marítimos, comerciales y militares, al tiempo que debe mantener una posición abierta para mantener el respaldo otorgado por Washington, y buscando dar vigencia a buenas relaciones con Tokio y cooperación asegurada con Seúl.
América Latina es quizá la única región subcontinental en la que aparentemente el conflicto en Ucrania no tiene efecto directo, sin embargo solo es apariencia: el retorno de Washington a la competencia por esferas de influencia, al mismo tiempo que el presidente Trump denosta de las instituciones internacionales, el sistema multilateral, el derecho internacional y la cooperación que su país brindaba a cientos de países, ha llevado a que el subcontinente, incluidos grandes Estados como Brasil o México, sea objeto de una presión y una competencia geopolítica que durante los años de la década de 2010 parecía circunscrita al gran Caribe, y en especial desde que Putin inició el proceso de reconstrucción del triangulo estratégico que la URSS intentó en su día, con base en Cuba y Nicaragua, para incluir en el período contemporáneo a Venezuela. Por lo demás, salvo una o dos excepciones, los gobiernos de la región han mantenido una posición bastante ideologizada, autorreferencial y de irrelevancia global. Esto se nota cuando un grupo destacado de gobiernos de la región optaron por denunciar la guerra de Israel contra Hamás en Gaza y sus consecuencias sobre la población civil, pero no han denunciado con la misma contundencia, o han guardado silencio justificatorio, la agresión imperialista de Rusia en Ucrania, ni la ruptura del derecho internacional o la real crisis del sistema multilateral.
- Consecuencias geopolíticas y disputas estratégicas:
En el período actual, el mundo se encuentra inmerso en una competencia geopolítica de grandes proporciones, que de facto ya está transformando el sistema internacional, la posición de las grandes potencias y las esferas de influencia en las que cada una de estas se mueven. Algunos observadores, en distintos momentos de los casi cuatro años de duración de la guerra en Ucrania, han planteado que el mundo ha entrado en una nueva forma de guerra mundial, y aunque suena un poco impresionante, sí se debe reconocer que las dinámicas y las líneas de fractura que al tenor de las alianzas que compiten por la victoria en Ucrania, han ido definiendo otros movimientos en diferentes regiones, de forma tal que los cambios locales no carecen de relevancia global, al tiempo que las dinámicas políticas locales deben encontrar respaldos globales para ser sostenidas y defendidas.
Las interpretaciones parciales o ideologizadas de los conflictos mundiales demuestran los cambios de posición que frente a las grandes potencias asumen los gobiernos de cada Estado, y ello va delineando una nueva geopolítica en medio de un orden internacional que, cuando menos, parece estar entre el menosprecio de los grandes poderes y el desorden para actuar, por falta de respaldo sostenible.
- Bibliografía:
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[1] Al respecto puede leerse la carta y el anexo a la misma, del 24 de febrero de 2022 dirigida al Secretario General por el Representante Permanente de la Federación de Rusia ante las Naciones Unidas.
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